—No me importa. He tenido una idea feliz.
—Pues adelante, y realicemos la idea feliz. Serás sota-alcaide. En tanto que te nombro... pues no creas que es cosa de un momento: lo menos hay treinta candidatos... hablaré a Copóns.
—¿El jefe político?
—¡Ah! —exclamó Campos con gozo—. Le tengo cogido, le tengo preso en mis redes. Precisamente anda tras de mí para que le favorezca en ciertas pretensiones que trae en Gracia y Justicia. Una bicoca: tres primos que fueron beneficiados y ahora se les antoja ser deanes. Son de la pacotilla de los que llaman modestos... ¡pobrecitos! Copóns es muy exaltado; el gobierno, que le puso en lugar de Palarea, no está muy contento con él. Necesita todo el arrimo del Grande Oriente para no venir a tierra. Muy bien: esto va a pedir de boca. Tu padre, tu abuelo, o lo que sea, se ha salvado.
Hablaron algo más, determinando algunos detalles del plan, y se separaron. Campos tenía que revisar unas cartas detenidas por orden superior. Salvador debía consagrarse a sus ocupaciones. Cuando volvió a su casa, entregáronle un billete que acababa de llegar. Conociendo en el sobre la letra de Andrea, sintió tanta ansiedad como pavor. La carta estaba trazada con indecisos rasgos, a prisa, y decía:
«Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho.
»Ven al instante. Estoy esperándote en el Retiro, junto al Observatorio. Me he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi muerte: si no me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me moriré de desesperación.
»Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación.
»Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso y te pido perdón.
»Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal.
»Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni un segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras: seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir... ¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma y te ofrece el corazón y la vida,
Andrea.»
Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó su palidez y agitación.
—¿Qué tienes, hermano? —dijo llena de pesadumbre—. ¿Ese papel te dice algo desfavorable a mi pobre padre?
—No, no —replicó el hermano con desesperación—. Es todo lo contrario. Sola, abrázame, abraza a tu hermano.
La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.