—¿Pero te causan pena las buenas noticias?
—¡No, no!... la carta no dice nada —afirmó él sofocando la tempestad que bramaba en su alma—. Estoy alegre, hermana, hermana querida, abrázame otra vez. Tu padre se ha salvado.
Pasó Monsalud todo el día y toda la noche en un estado de agitación muy viva. A la mañana siguiente, cuando entró en casa del duque del Parque, un criado le dijo: «Han estado aquí dos mujeres buscándole a usted. Parecían ama y criada.»
—Si vuelven —repuso— dígales que he salido de Madrid.
Para evitar un encuentro que temía, salió del palacio por una puerta de servicio que daba a otra calle. Pero más tarde, al entrar en su casa, don Patricio Sarmiento repitió la noticia.
—Aquí han estado dos damiselas a preguntarme cuándo volvía usted. Parecen ama y criada... ¡Oh, edad dichosa esta en que nos vienen a buscar dos y tres veces en el breve espacio de unas horas!... Yo también, en mis juveniles años...
Sarmiento exhaló un suspiro.
—Si vuelven, dígales usted que he salido de Madrid, y que no volveré hasta dentro de un mes.
—¡Cuánta esquivez!... Pero en esa edad feliz... También uno ha tenido sus dulzuras ¿eh? No crea usted: este arrugado semblante y este flaco y débil cuerpo no han sido siempre así. Aquí, amiguito Salvador, aquí se sabe lo que es afán de amores; aquí se comprende bien eso de despreciar a una por apasionarse de la otra, volando de flor en flor cual inconstante mariposa... Pues, ¿y estar penando días y días por una mirada, solo por una mirada?... ¡ay!... ¿y aquello de estar cavilando por qué me miró así o dejó de mirarme?... Todos hemos tenido nuestro abril; todos hemos revoloteado y sacado la miel hiblea del cáliz de las frescas flores, señor Monsalud.
Cuando este se dirigió después de medio día a una tienda de la calle Mayor, donde solía hacer tertulia, un mancebo le dijo la muletilla: