El desgraciado general se recostó en su lecho de sacos, y callaba, aunque harto claramente imploraban compasión sus ojos.

—Fuera de aquí. Señores, a un lado —dijo Garrote, aclarando con suavidad el grupo de curiosos—. Ya tendrán tiempo de verle a sus anchas...

—Dicen que la horca será la más alta que se ha visto en Madrid —indicó uno.

—Y que se venderán los asientos en la plaza, como en la de toros.

—Pero déjennoslo ver..., por amor de Dios. Si no nos lo comemos, señor coronel —gruñó una dama del parador cercano.

—¡Si no puede con su alma...! ¿Y ese hombre ha revuelto medio mundo? Que me lo vengan a decir...

—¡Qué facha! ¿Y dicen que este es Riego?... ¡Qué bobería!... Si parece un sacristán que se ha caído de la torre cuando estaba tocando a muerto...

—Este es tan Riego como yo.

—Os digo que es el mismo. Le vi yo en el teatro cantando el himno.

—El mismo es. Tiene el mismo parecido del retrato que paseaban por Platerías.