—¡Pujitos!... ¡Pujitos mío!... —exclamó Sarmiento extendiendo sus brazos dentro del carro—. ¿Eres tú?... Sí, tú mismo... Dime, ¿estás herido? Por lo visto, también vienes preso.
—Sí señor —repuso el maestro de obra prima—; herido y preso estoy... Diga usted, ¿nos ahorcarán?
—¿Pues eso quién lo duda?
—¡Infeliz de mí!... Vea usted los lodos en que han venido a parar aquellos polvos. Bien me lo decía mi mujer... Señor don Patricio, al que está como yo medio muerto de un bayonetazo en la barriga, deberían dejarle en manos de Dios para que se lo llevase cuando a su Divina Majestad le diese la gana, ¿no es verdad?
—Sí, Pujitos mío —repuso Sarmiento estrechándole la mano—. ¿Sabes que tiemblo y tengo frío? Más frío y más miedo que tú, porque voy a preguntarte por mi hijo, en cuya compañía has vivido por esas tierras, y según lo que me contestes, así moriré o viviré... Hace seis días que estoy en la incertidumbre más horrible; hace seis días que bajo a este camino para interrogar a todos los que llegan... ¡Ah, por fin encuentro quien me diga la verdad! Pujitos de mi alma, tú me la dirás, aunque sea terrible.
—Sí, señor; sí, señor, yo se la diré —repuso el zapatero, cubriéndose con ambas manos el rostro y rompiendo a llorar como un chicuelo.
—¡Conque es cierto, amigo, conque es verdad que mi pobre Lucas!... —gimió el preceptor, la voz entrecortada por el llanto—. ¡Pobre hijo de mi alma!
—¡Pobre amigo mío! —añadió Pujitos secando sus lágrimas—. ¡Y era tan cariñoso, tan bueno, tan leal!... Sin cesar le nombraba a usted y no cesaba de cavilar en lo que haría su padre en Madrid o lo que no haría... «Si tendrá discípulos, decía; si pasará trabajos. Ahora estará barriendo la escuela...». No nos separábamos nunca, partíamos nuestra ración, y éramos en todo como hermanos. En las batallas siempre nos escondíamos juntos.
—¡Os escondíais! —exclamó don Patricio levantando el rostro con dignidad, pues esta era tan grande en él que ni el dolor podía vencerla.
—¡Ah, señor!... El pobre Lucas era el mejor chico del mundo... ¡Pobrecito!...