—Ha tiempo que el dardo estaba clavado en mi corazón... Yo le tenía por muerto; pero la falta de noticias dábame alguna esperanza. Yo me agarraba con desesperación a las conjeturas. Pero tú has disipado mis dudas. Más vale la desgracia verdadera y declarada que una incertidumbre desgarradora.

—Aquí está lo que queda del pobre Lucas —dijo el herido mostrando un pequeño lío de ropa.

Don Patricio se abalanzó a aquel objeto mudo, testimonio tristísimo de su última esperanza muerta, y lo besó con ardiente cariño. Por breve rato le vio Pujitos con la cabeza apoyada en el borde del carro, oprimiendo con ella el lío de ropa y regándolo con sus lágrimas. Respetuoso con el dolor del padre, el maestro de obra prima callaba.

—Esto es hecho —exclamó al fin don Patricio irguiendo la frente caduca, mas bastante fuerte para soportar, mediante la energía de su espíritu, el peso de una gran pena—. El autor de todas las cosas lo quiere así. Ya no tengo hijo... Toda esperanza acabó, y con ella la vida mía... Ahora, leal amigo, excelente joven, que has sido el Pílades de aquel noble Orestes, cuéntame sin omitir nada los pormenores de la muerte de mi hijo; dime cómo se extinguió aquella vida preciosa, porque siendo Lucas de ánimo tan intrépido, no podía morir como los demás milicianos, sino de una manera grande..., ¿me entiendes?, de una manera gloriosa, y en un momento de sublime heroísmo.

—Precisamente heroísmo no, señor don Patricio —dijo Pujitos con embarazo—. Yo le contaré a usted... Lucas...

—Heroísmo ha habido: no me lo niegues, porque yo conozco muy bien la raza de leones de que viene mi hijo; yo sé qué casta de bromas gastamos los Sarmientos con el enemigo en un campo de batalla. Si por modestia callas las acciones homéricas en que tú has tomado parte, haces mal, que al fin y al cabo todo se ha de saber, y si no, ahí están los historiadores, que en un abrir y cerrar de ojos desentrañarán lo más escondido.

—Si no hubo acciones heroicas ni cosa que lo valga, hombre de Dios —objetó Pujitos con pena—. Nosotros estábamos en Málaga con el general Zayas, cuando este representó a las Cortes al tenor de lo que dijo Ballesteros al capitular. ¿Usted me entiende? Vino entonces Riego, mandado por las Cortes, tomó el mando y nos llevó contra Ballesteros. ¿Usted me entiende?

—Y entonces se trabaron esas crueles batallas que yo imagino.

—No hubo más sino que el general llevaba el encargo de inflamarnos..., sí, señor, de inflamarnos, porque todos estábamos muy abatidos y sin ganas de guerra, porque la veíamos muy negra.

—¿Y os inflamó?