—¿Cómo se puede inflamar la nieve? Fuimos en busca de Ballesteros y le hallamos en Priego. Allí se armó una...
—¡Corrieron mares de sangre!...
—No, señor. Todo era ¡Viva Ballesteros!, por un lado, y por otro, ¡Viva Riego! Nos abrazamos, y los generales conferenciaron. Como no se pudieron avenir, don Rafael arrestó a Ballesteros.
—Bien hecho, muy bien... ¿Y Lucas?
—Lucas tan bueno y tan sano... Era aquella la mejor vida del mundo, porque como no había balas, sino conferencias... Pero un día se presentó delante de nosotros Balanzat, y tiros van, tiros vienen... Desde entonces perdió la salud el pobre Lucas, porque le entró como un súpito, y se quedó frío y yerto, temblando y quejándose de que le dolía esto y lo otro.
—¡Desgraciado hijo mío! Su principal pena consistiría en no poder batirse en primera fila.
—Puede que así fuera. Lo cierto es que empezó a decaer, a decaer, y la calentura seguía en aumento, y deliraba con los tiros. Riego abandonó el campo; nos fuimos con él, y el pobre Lucas parecía que recobraba la vida según nos íbamos alejando de las tropas de Balanzat. El general fue perdiendo su gente, porque oficiales y soldados desertaban a cada hora. ¡Qué tristeza, señor don Patricio! Pero el pobre Lucas se alegraba y decía: «Amigo Pujos, esto parece que acabará pronto». Había mejorado bastante, y estaba limpio de calentura... Pero de repente, cuando íbamos cerca de Jaén, aparecen los franceses...
—¡Oh! ¡Me tiemblan las carnes al oírte! ¡Cómo correría la sangre en ese glorioso cuanto infausto día!
—Más corrieron los pies, señor Sarmiento. Yo, la verdad sea dicha, no fui de los que más corrieron, porque no podía abandonar al pobre Lucas, que se descompuso todo, y se quedó en un hilo. Arrojamos los fusiles, que nos pesaban mucho, y nos refugiamos en una casa de labor. ¡Ay, pobre amigo mío! Le entró tal calenturón, que su cuerpo parecía un volcán, perdió el conocimiento, y a las treinta horas...
—No sigas, que se me parte el corazón — dijo don Patricio con voz entrecortada por los sollozos—. ¡Cuánto padecería al ver que su mísero estado corporal no le permitía batirse! ¡Qué lucha tan horrenda la de aquella alma de león, al sentirse sin cuerpo que la ayudara!