—El pobrecito, en su delirio nombraba a los franceses y se metía debajo del jergón. Serían las doce y media de la noche cuando entregó su alma al Señor...

—¡Ay, parece que me arrancas las entrañas! Calla ya.

—Yo caí prisionero, fui herido de un bayonetazo, y después de tenerme algunos días en un calabozo de la Carolina, me metieron en este carro. Por el camino se nos unió el general, preso y herido también, y juntos hemos llegado aquí. Dicen que nos ahorcarán a todos.

—Eso es indudable —contestó Sarmiento en tono que más era de satisfacción y orgullo que de lástima—. ¡Fin lamentable, pero glorioso! ¿Qué mayor honra que morir por la libertad y ser mártires de tan sublime idea?

Pujitos, que sin duda no había dado hospedaje en su pecho a tan elevados sentimientos, suspiró acongojadamente.

—Bendice tu muerte, hijo mío —añadió Sarmiento, extendiendo hacia él sus venerables manos, en la actitud de un sacerdote antiguo—, bendice tus nobles heridas, pregoneras de tu indomable valor en los combates. Has sido atravesado de un bayonetazo, y además tienes heridos la cabeza y el brazo.

—Esto que tengo en el arca del estómago es fechoría de un francés, a quien vea yo comido de perros. Lo de la cabeza es una pedrada, y lo del brazo un mordisco, En los pueblos por donde hemos pasado nos han recibido lindamente, señor. Como los curas salían diciendo que estábamos todos condenados y que ya nos tenían hecha la cama de rescoldo en el infierno, no había para nosotros más que palos, amenazas y pedradas. En Santa Cruz de Mudela nos dieron una rociada buena. El general y yo salimos descalabrados, y gracias a que los carros echaron a andar, que si no, allí nos quedamos como san Esteban. En Tembleque nos quisieron matar, y si la tropa no nos defiende a culatazos, allí perecemos todos. Hombres y mujeres salían al camino aullando como lobos. Uno que debía de ser pariente de caníbales, después de molerme a coces y puñadas, me clavó los dientes en este brazo y me partió las carnes... ¿Qué ganará el rey absoluto con esto? Mala peste le dé Dios... Pero dicen que todo esto es por obra y gracia de los condenados frailes... ¿Es verdad, señor don Patricio?

—Hijo mío, mucho me temo que esos bribones se venguen ahora de lo que les hicimos con razón. Y no serán, como nosotros, generosos y templados en el condenar, sino fieros, vengativos y sanguinarios cual líbicas hienas... Hemos de ver lo que nadie ha visto, ¡por vida de la ch...!

No pudo acabar su frase el buen preceptor, porque un voluntario realista se acercó al carro y brutalmente gritó:

—Atrás, don Camello, o le parto... ¡fuera de aquí, estantigua!