—¡Alto! —gritó una voz desde el otro extremo de la sala.
Era la de Pipaón, que se adelantó extendiendo su mano como una divinidad protectora.
—Si es criminal perdonar al culpable, criminal es, criminalísimo, condenar al inocente —dijo con énfasis—. Yo me opongo, y mientras tenga un hálito de vida alzaré mi voz en defensa de la inocencia.
—Vaya, recomendación habemos —observó Garrote riendo—. Eso no puede faltar en España. Favorcillo, amistades, empeños... Mientras tengamos eso, no habrá justicia en nuestro país... ¡Recomendación! Yo empezaría por ahorcar esa palabra. Me repugna.
—No se trata aquí de recomendar a un amigo a la generosidad de don Francisco —dijo el cortesano poniéndose rojo de tanto énfasis—. Es que la inocencia de don Benigno está ya tan clara como la diáfana luz del día. ¿Le consta a usted que no?
—A mí no me consta nada —repuso Navarro alzando los hombros—. Si no le conozco... Pero me ha llamado la atención una cosa, y es que se han sentenciado en este mismo momento varias causas por desacato, por exclamaciones, por besos, por sacrilegio, sin que hayamos oído una voz que se interese por los criminales; pero aparece una causa de conspiración (al decir esto dio una gran palmada), y en seguida vemos venir la recomendación. Si no hay gente más feliz que los conspiradores... Yo no sé cómo se las componen, que siempre encuentran amigos.
—Hablemos claro —dijo el cortesano tragando saliva—. Yo no recomiendo a un conspirador: solamente afirmo que el señor Cordero no ha conspirado jamás. ¿No está el señor Chaperón convencido de ello? ¿No se ha demostrado que los verdaderos culpables son otros?
—Este es un caso extraño —afirmó don Francisco—. Cierto es que los Cordero son inocentes.
—Bueno, si hay realmente inocencia, no digo nada —objetó sonriendo Navarro—. Pero es particular que solo los que conspiran resultan inocentes.
—Solo los que conspiran —añadió Romo en tono del más perfecto asentimiento.