—¿Pues qué? —dijo Pipaón con mayor dosis de énfasis y encarándose con el voluntario realista—. ¿No será usted capaz de sostener que nuestro amigo don Benigno y su hija son inocentes del crimen que les imputó un delator desconocido?

Romo miró a todos, uno tras otro, impasiblemente. Jamás había su rostro aparecido más frío, más oscuro, de más difícil definición que en aquel instante. Era como un papel blanco, en cuya superficie busca en vano la observación una frase, una línea, un rasgo, un punto.

—Bien conocen todos —dijo con tranquilo tono— mi carácter leal, mi amor a la veracidad. Para mí la verdad está por encima de todos los afectos, hasta de los más sagrados. Soy así y no lo puedo remediar. ¿Por qué me llaman los compañeros el voluntario de bronce? Porque soy como de bronce, señores: a mí no hay quien me tuerza, ni me doble, ni me funda. ¿Se trata de una cosa que es verdad? Pues verdad y nada más que verdad. (Romo hizo tal gesto con el dedo índice, que parecía querer agujerear el suelo). Si mi padre falta y me lo preguntan, digo que sí. No significa esto que sea insensible, no. Yo también tengo mis blanduras. Soy de bronce, y tengo mi cardenillo... (El hombre duro y lóbrego se conmovía). Yo también sé sentir. Bien saben todos que quiero mucho a don Benigno Cordero. Bien saben todos que trabajé porque volviera a Madrid. Pues bien, supongamos que me preguntan ahora si creo que don Benigno Cordero conspiraba. Yo responderé... que no lo sé.

Díjolo de tal modo, que dudando afirmaba. Lo que el hombre de bronce llamaba su cardenillo, si para él era un afecto, para los demás podía ser un veneno.

—¡Que no lo sabe! —exclamó Pipaón con ira—. Por fuerza usted ha perdido el juicio.

—No lo sé —repitió el voluntario mirando al suelo—. Si no lo sé, ¿por qué he de decir que lo sé, faltando a mi conciencia? ¿Qué importan mis afectos ante la verdad? Yo cojo el corazón y lo cierro como se cierra un libro prohibido, y no lo abro aunque me muera..., porque no tengo que fijar los ojos más que en la verdad..., y la verdad es antes que nada, y maldito sea el corazón si sirve para apartarnos de la verdad.

—El amigo Romo —dijo Navarro— nos da un ejemplo de honradez que es muy raro y tendrá muy pocos imitadores.

—Pues yo —afirmó Pipaón subiendo todavía algunos puntos en la escala de su énfasis— digo que si la verdad está sobre el corazón, la caridad está sobre la verdad... Pero no necesitan los Cordero implorar la caridad, sino alegar su derecho, porque son inocentes. Señor don Francisco Chaperón, ¿no cree usted que son inocentes?

—Yo creo que sí —replicó el presidente con acento de convicción—. El delito que a ellos se imputaba ha sido cometido por otras personas. Así consta por declaración de los mismos reos. La delación ha sido equivocada.

—¿Lo ven ustedes? —dijo Bragas rompiéndose las manos una con otra.