—Por lo que veo, el delito no desaparece —indicó Garrote—. Lo que hay es un cambio de delincuente.

—Eso es, sustitución de delincuente.

—¿Y se castigará? —preguntó con incredulidad el coronel del ejército de la fe.

—¡Bueno fuera que no!... ¿Estamos en Babia?... A fe que tengo hoy humor de blanduras. Siga usted, Lobo.

—Causa de don Benigno Cordero...

Chaperón meditó un rato. Después, tomando un tonillo de jurisconsulto que emite parecer muy docto, habló así:

—Absolución. Solamente les condeno a dos meses de cárcel, por no haber denunciado las visitas de Seudoquis al piso segundo de su misma casa.

—¡Qué bobería! —murmuró por lo bajo Pipaón, arqueando las cejas.

—Número 251. Causa de don Ángel Seudoquis —cantó el licenciado.

—Diez años de prisión y pena de degradación militar, por no haber dado parte a la autoridad de la llegada de su hermano a Madrid... Las cartas que se le han encontrado son amorosas... No hay la menor alusión a cosas políticas. Adelante.