—Número 252. Causa de Soledad Gil de la Cuadra y de Patricio Sarmiento.
—Es la más rara que se ha conocido en esta Comisión.
—Sí, la más rara —añadió Romo—, porque presenta un caso nunca visto, señores; el caso más admirable de abnegación de que es capaz el espíritu humano. Figúrense ustedes una joven inocente que por salvar a dos personas que le han hecho favores se declara culpable... Mentira pura..., una mentira sublime, pero mentira al fin.
—Abnegación —indicó Chaperón con cierto aturdimiento—. ¿Qué entendemos nosotros de eso? Cosas del fuero interno, ¿no es verdad, Lobo? Al grano, digo yo; es decir, a los hechos y a la ley. El delito es indudable. La prueba es indudable. Tenemos un reo convicto y confeso. Caiga sobre él la espada inexorable de la justicia, ¿no es verdad, Lobo?
El licenciado no decía nada.
—Pero aparecen ahí dos personas —dijo Navarro.
—Una joven y un viejo tonto. Ella parece la más culpable. Del mentecato de Sarmiento no debemos ocuparnos. Sería gran mengua para este tribunal.
—Si tras de lo desacreditado que está —dijo Navarro con sorna—, da en la flor de soltar a los cuerdos y ajusticiar a los imbéciles...
—Nada, nada. Adelante —manifestó Chaperón con impaciencia—. Despachemos eso.
—Soledad Gil —cantó Lobo.