—Pena ordinaria de horca. Y sea conducido don Patricio a la casa de locos de Toledo. Esto propondré a la Sala pasado mañana.
Miró a sus amigos con expresión de orgullo, semejante a la que debió tener Salomón después de dictar su célebre fallo.
—Me parece bien —afirmó Garrote.
—Admirablemente —dijo Pipaón, tranquilizado ya respecto a la suerte de sus amigos, y fiando en que le sería fácil después librarles de los dos meses de cárcel.
—Y yo digo que habrá no poca ligereza en el tribunal si aprueba eso —insinuó con hosca timidez Romo.
—¡Ligereza!
—Sí; averígüese bien si la de Gil de la Cuadra es culpable o no.
—Ella misma lo asegura.
—Pues yo la desmentiré, sí, señor, la desmentiré.
—Este es un hombre que no duerme si no ve ahorcados a sus amigos.