—Aquí no se trata de amigos —afirmó Romo con cierto calor que se podía tomar por rabia—. Yo no tengo amigos en estas cuestiones; yo no soy amigo de nadie, más que del rey y de la sacratísima fe católica. Romo, el voluntario de bronce, solo tiene amistades con la justicia y con la verdad. Y ya que hablamos del señor Cordero, digo que dejé de frecuentar su casa desde que vi en ella ciertas cosas.

—¿Qué ha visto usted? —preguntó vivamente el cortesano, tan sofocado por su enojo como por su collarín metálico, que le condenaba elegantemente a garrote.

—No tengo para qué decirlo ahora —repuso el voluntario volviendo la espalda—. Está sentenciada la causa; ¿para qué añadir una palabra más?

—Me parece —dijo Bragas en tono de sarcasmo— que el amigo Romo está durmiendo y ve visiones, como las veía el que delató a nuestros amigos.

—¿Se sabe quién los ha delatado? —preguntó Navarro al presidente de la Comisión—. ¿Es persona que merece crédito?

—Dos individuos de nuestra policía. Generalmente obran por indicaciones de personas afectas a Su Majestad.

—Esas personas son entonces los verdaderos denunciadores.

—En efecto, esas son —dijo Romo—. A esas personas hay que agradecer el expurgo que se está haciendo, y al cual deberá su tranquilidad el reino. ¿Quién se atrevería a vituperar a los médicos porque dijeran: «Córtese usted ese dedo que está gangrenado»?

—Pues si aquí no ha habido una mala inteligencia, ha habido una infame intención —replicó Bragas firme en su puesto—. Mi amigo Cordero ha sido víctima de una venganza.

—Usted no sabe lo que dice —afirmó Romo con desprecio—. En las oficinas del Consejo y en los gabinetes de las damas se entenderá de intrigar, de entorpecer la marcha de la justicia; pero de purificar el reino, de hacer polvo a la revolución...