—¿Y cómo se purifica el reino? ¿Atropellando a la inocencia, condenando a un hombre de bien por la delación de cualquier desconocido?

—Repito que usted no sabe lo que habla —dijo Romo, presentando en su rostro creciente alteración, que le hacía desconocido—. Los que pasan la vida enredando para poner en salvo a los mayores delincuentes; los que se entretienen en escribir billetes de recomendación para favorecer a todos los pillos, no entienden ni entenderán nunca la rectitud del súbdito leal que en silencio trabaja por su rey y por la fe católica. Mírenme a la cara (el señor Romo estaba horrible), para que se vea que sé afrontar con orgullo toda clase de responsabilidades. Y para que no duden de la verdad de una delación por suponerla oscura, se aclarará, sí, señores, se aclarará... Mírenme a la cara (cada vez era más horrible); yo no oculto nada. Para que se vea si la delación de Cordero es una farsa, declaro que la hice yo.

Al decir yo, diose un gran golpe en el pecho, que retumbó como una caja vacía. Brillaban sus ojos con extraño fulgor desconocido; se había transfigurado, y la cólera iluminaba sus facciones, antes oscuras. El lóbrego edificio donde jamás se veía claridad, echaba por todos sus huecos la lumbre amarillenta y sulfúrea de una cámara infernal. Haciendo un gesto de amenaza, se expresó así:

—El que sea guapo que me desmienta.

Y salió sin añadir una palabra. Pipaón, que era hombre de muy pocos hígados, como se habrá podido observar en otras partes de esta historia, se quedó perplejo; pero afectaba la indecisión de un valiente que medita las atrocidades que ha de hacer. Chaperón dijo:

—No se decida nada sobre esas dos causas. Quédense para otro día.

Un diablillo menor entró muy gozoso, diciendo a su jefe:

—Acabamos de recibir una gran noticia de la Superintendencia. Rafael Seudoquis ha sido preso en Valdemoro. Esta noche llegará a Madrid.

—¡Suceso providencial! —exclamó don Francisco con júbilo—. Cayó el principal pez. Vea usted, señor Pipaón, de qué manera vamos a salir pronto de dudas. Sobre ese sí que no habrá dimes y diretes. Apunte usted, Lobo... Horca, ¡tres veces horca!

—Saldremos de dudas —indicó Pipaón, decidiéndose a aflojar la hebilla de su collarín metálico, cuya presión se le hacía insoportable—. Ese hombre es la providencia de mis amigos.