—Esa endiablada causa, excelentísimo señor..., aquí la tenemos. Abulta, abulta que es un primor. Ya se ve: como que está llena de picardías... No vaya a creer vuecencia que consta de dos o tres pliegos, como algunas. Esto es un archivo. Y que he trabajado poco en gracia de Dios... No, no es tan fácil hinchar un perro.

—De Seudoquis no se hable —dijo Chaperón tomando asiento frente a su asesor, e implantando los dos codos sobre la mesa para unir las manos arriba, de modo que resultaba la perfecta imagen de una horca—. Ese está juzgado. En cuanto a la joven, su culpabilidad es indudable, y yo creo que debemos ahorcarla también. ¿Qué le parece a usted, licenciado de todos los demonios?

—¿Quiere vuecencia que le hable como jurisconsulto o como amigo? —preguntó Lobo con cierto misterio.

—Como usted quiera, hombre, como usted quiera, con tal que hable claro.

—¿Como jurisconsulto?

—¡Dale...!

—Como asesor opino... Señor don Francisco, haga usted lo que más le acomode. Ahora, si me consulta vuecencia como amigo... ¿Quiere que le hable con completa claridad y confianza?

—Sí.

—Pues, en confianza, si la Comisión ahorca a esa madamita, me parece que hace una gran barbaridad.

—¿Eh?