—Una barbaridad de a folio.
—¿Por qué?
—Porque es inocente.
—¿Esas tenemos?... ¡Por vida del Santísimo! —exclamó con ira—. Como usted no tiene la responsabilidad de este delicado cargo; como a usted no le acusan de tibieza, ni de benignidad, ni de venalidad... Ya les echaré yo un lazo a mis detractores... Pero vamos al caso. ¿Dice usted que es inocente?
—Sí, y lo pruebo —repuso Lobo tomando la más solemne expresión de gravedad judicial.
—Lo prueba, lo prueba... —dijo Chaperón con sarcástica bufonería—. Lo que usted probará será el aguardiente, si se lo dan. Grandísimo borracho, escriba usted, escriba usted mi fallo.
—Escribiremos, excelentísimo señor —dijo Lobo resignadamente, como el que, habiendo recibido una coz, no se cree en el caso de devolver otra.
Chaperón encendió un cigarro. Después de la primera chupada, dijo:
—La condeno a pena ordinaria de horca.
Luego se quedó un rato contemplando la primera bocanada de humo que salía del horrendo cráter de sus labios.