—Se me figura que estás cobarde, viejecillo tonto.

—¡Cobarde yo! —exclamó Sarmiento con un rugido—. No me lo digas otra vez, porque creeré que me insultas..

—Como te he visto tan parlanchín delante de los jueces, y ahora tan callado... —dijo la reo extendiendo su mano en la oscuridad para palpar la cabeza del anciano.

—Es que el alma humana tiene grandes misterios, niña querida. Desde que entramos aquí estoy pensando una cosa.

—Con tal que no sea algún disparate, deseo saberla.

—Pues verás... Me ocurre que esto es hecho, quiero decir, que se cumple al fin mi altísimo destino, que las misteriosas veredas trazadas por el autor de todas las cosas y de todos los caminos, me traen al fin a la excelsa meta a donde yo quiero ir. Pero...

—Veamos ese pero, abuelito Sarmiento. Hasta ahora no había peros en ese negocio del destino.

—Pero... hay una cosa en la cual yo no había pensado bien hasta que salimos de aquel endiablado tribunal. Respecto de mi suerte no hay duda... Pero ¿y tú?

—No tengo yo dudas respecto a la mía —dijo Sola con seriedad—. Los dos moriremos.

—¡Tú..., tú también!