Oyose un bramido de horror y después largo silencio.

—Eso no puede ser, eso es monstruoso, inicuo —gritó el preceptor agitando en la oscuridad sus brazos.

—Ahora te espanta, viejecillo, y cuando estábamos en el tribunal te parecía natural. ¿No decías: «moriremos los dos, somos mellizos de la muerte...»? ¿No dijiste también: «vamos a la horca; mientras más alta sea, mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del género humano»?

—Verdad que tales cosas dije; pero has de tener en cuenta que yo me hallaba entonces en uno de esos momentos de inspiración, en los cuales pronuncio las sorprendentes piezas de oratoria que me han dado tanta fama. Yo no esperaba encontrarte allí... ¡Ay, cuando te vi presa y condenada por conspiradora..., porque tú has conspirado, niña de mis ojos..., sentí una alegría tan grande...! Me pareció que Dios te destinaba también al martirio; pero ahora veo que esto no debe ser. Calmada aquella estupenda exaltación, la voz de la naturaleza ha resonado en mí, diciéndome que no debo asociar a mi muerte a ningún otro ser. Tú eres una muchacha oscura, y tu sacrificio no puede ser de gran beneficio a la causa santa.

—¡Ah! —dijo Soledad sonriendo, pero sin que nadie pudiera ver su sonrisa, como no fueran las mismas tinieblas—, ya comprendo: tienes envidia de que vaya a quitarte un poquito de esa gloria.

—Tonta, pero tonta —replicó el anciano muy expresivamente—, si toda has de heredarla tú, toda, toda. Si no es preciso que tú mueras como yo, ni eso viene al caso.

—Los jueces no creerán lo mismo.

—¡Pues son unos bribones, unos...! —exclamó Sarmiento ronco de ira, moviendo sus piernas para levantarse—. Yo les diré que eso no puede ser... Les convenceré, sí; pues no he de convencerles...

Soledad se echó a reír.

—Te ríes... Pues esto es muy serio. Yo no creo que te condenen; pero si te condenaran...