Oyose un chasquido que bien podía ser causado por una gran manotada que el preceptor se dio en la cabeza.
—Sí, me condenarán —porque mi delito de recoger y repartir las cartas está más que probado, y si no, con la declaración tuya...
—Yo declaré... ¿Qué declaré yo?
Soledad repitió a Sarmiento lo que él mismo había dicho respecto a las cartas y a las personas que las recibieron.
—¡Yo declaré todo eso, yo! —dijo el patriota muy perplejo, como un beodo que va poco a poco recobrando el sentido—. ¿Y por eso dices que te condenarán?... Me parece que no estás en lo cierto. De ahí se desprende que el delincuente, según ellos, soy yo, yo el conspirador, yo el apóstol y el agente secreto de la libertad; y como yo tengo además la nota de Demóstenes constitucional, y de haber revuelto a media España con mis conmovedoras arengas, de aquí que yo sea el condenado y tú no.
—Me parece —dijo la huérfana tocando el hombro de Sarmiento— que mi viejecito ve las cosas al revés. Yo seré condenada, y él irá a un sitio donde se vive muy bien y tratan caritativamente a los pobres.
—¡Por vida de ochenta millones de chilindrainas! —gritó Sarmiento poniéndose de un salto en pie—. No me digas que tú serás condenada a muerte sin mí, porque me vuelvo loco, porque soy capaz de derribar de un puñetazo esas férreas puertas, y hacer añicos a Chaperón y los demás jueces, y demoler a puntapiés la cárcel y pegar fuego a Madrid entero... ¡Tú condenada a muerte!
—Somos los fanales del género humano.
—No, no; esa es una figura de retórica, tonta —dijo el fanático pasando del tono trágico al familiar—. Aquí no hay más fanal que yo. Tú me acompañas en mi última hora, me acompañas, ¿entiendes?..., pero no mueres. ¡Morir tú!... ¿por qué, ángel delicado, inocente?... ¿Habrá un juez que falle tal infamia?... Si tu muerte no es provechosa a la santa causa... ¿A qué ni para qué? Yo solo, yo solo, ¿lo entiendes bien? ¡Yo solo! Este es el destino, esta la voluntad, esto lo que está trazado en los libros inmortales, cuyos renglones dicen a cada siglo sus grandezas, a cada generación su papel, a cada hombre su puesto... Pobre y desvalida niña de mis entrañas, no me digas que vas a morir también, porque me siento cobarde, me convierto de águila majestuosa en tímido jilguerillo, se me van las ideas sublimes, se me achica el corazón, me siento caer desplomándome como una torre secular, sacudida por temblores de tierra, me evaporo, niña mía, desfallezco, dejo de ser un Cayo Graco para no ser más que un Juan Lanas.
Arrastrándose por el suelo, Sarmiento tanteaba con las manos en la oscuridad hasta que dio con el cuerpo de Sola. Echándose entonces como un perro, hundió la cabeza en su regazo. Soledad no dijo nada.