—¡Quieres dejarnos en paz, endiablado frailón! —gritó una voz ronca, irritada, temblorosa, que parecía ser la voz misma de la oscuridad que había tomado la palabra.

—¡Jesús, María y José! —exclamó el padre Alelí santiguándose—. Verdaderamente, esta no es casa de orates. Todo sea por Dios.

—Abuelito Sarmiento —dijo Soledad acariciando al anciano, que arrojado a sus pies estaba—. No es propio de persona cortés y bien educada como tú, el tratar así a un sacerdote.

—¡Que se vaya de aquí!... ¡Que nos deje solos! —gruñó el fanático, arrastrándose como un tigre enfermo—. ¿Qué busca aquí el frailucho?

—¡Ave María purísima!...

—Si al menos nos trajera buenas noticias...

—Buenas las traigo para usted...

—A ver, a ver... —dijo don Patricio incorporándose de improviso.

—Usted será absuelto libremente.

Sarmiento se desplomó en el suelo, haciendo temblar los ladrillos.