—¡Maldita sea la boca que lo dice!... —murmuró con hondo bramido.
—Siento no poder dar nuevas igualmente lisonjeras a esta señora —añadió el fraile tomando la mano de la joven y estrechándosela entre las suyas—. No puedo decir lo mismo, ni quiero dar esperanzas que no han de verse realizadas. Las circunstancias obligan al tribunal a ser muy severo... ¡Como ha de ser! Más padeció Jesucristo por nosotros. Si tiene usted resignación, paciencia cristiana; si purificando su alma sabe desprenderla de las miserias del mundo y elevarla al cielo en este trance de apariencia aflictiva, será más digna de envidia que de lástima.
—¡Maldita sea la boca que lo dice!
Sarmiento, al hablar así, arrastrábase hasta el ángulo opuesto.
—¿Qué es la vida? —añadió Alelí tomando un tono melifluo—. Nada: un soplo, aire, ilusión. ¿Qué es el tiempo que contamos en el mundo? Nada, un momento. La vida está allá. ¿Qué importan un sufrimiento pasajero, un dolor instantáneo? Nada, nada, porque después viene el eterno gozar y la plácida eternidad en que se deleitan los justos. Nadie es mejor recibido allá que los que aquí han padecido mucho. Los perseguidos por la justicia son los primeros entre los bienaventurados. Los pecadores que se depuran por el arrepentimiento y el castigo corporal, forman en la línea de los inocentes, y todos juntos penetran triunfantes en la morada celestial.
A esta homilía, dicha con arte y sentimiento, siguió largo silencio. El padre Alelí suspiraba. Su mucha práctica en consolar a los reos de muerte no había gastado en él los tesoros de sensibilidad que poseía: antes bien, los había enriquecido más. Estaba sujeto a grandes aflicciones por razón de su oficio, y se identificaba tanto con sus penitentes, que decía: «Me han ahorcado ya doscientas veces, y tengo sobre mí un par de siglos de presidio».
Después que cobró ánimos, habló así:
—Hoy he visto a esa señora. ¡Qué angelical bondad la suya! Está desesperada por no haber podido conseguir cosa alguna en pro de usted. Sin embargo, no cede en su empeño... Aún tiene esperanza... Yo, si he de decir la verdad, ya no la tengo.
—Yo tampoco la tengo ni la quiero —dijo Soledad con un arranque de unción religiosa—. Me resigno a mi desgraciada suerte, y solo espero morir en Dios.
Por grandes que sean los bríos de un alma valerosa, la idea del morir y de un morir violento, antinatural y vergonzoso la turba, la acomete con fiera sacudida, prueba clara de que solo a Dios corresponde matar. Sola derramó algunas lágrimas, y el fraile notó que sus heladas manos temblaban. A tal hora, que era la del mediodía, habían aparecido, puntuales en su cotidiana visita, las claridades intrusas que se paseaban por el cuarto. A favor de ellas se distinguían bien los tres personajes: el fraile sentado en la silla, todo blanco y puro, como un ángel secular que hubiera envejecido; Soledad de rodillas ante él, vestida de negro, mostrando su cara y sus manos, de una palidez transparente; don Patricio echado en el rincón opuesto, con la cara escondida entre los brazos y estos sobre los ladrillos, cada vez más semejante a un tigre enfermo, de respiración estertorosa.