—Llore usted, llore —dijo el padre Alelí a su penitente—, que así se calma la congoja. Yo también lloro, querida mía; también me lleno de agua la cara, a pesar de estar tan acostumbrado a ver lástimas y dolores. ¿El mundo qué es? Barro amasado con lágrimas, ni más ni menos. Lloramos al nacer, lloramos también al morir, que es el verdadero nacimiento.
—Padre —dijo la huérfana—, si ve su reverencia hoy a esa señora, hágame el favor de manifestarle que le doy gracias de todo corazón por lo que ha hecho por mí, aunque sus buenos deseos hayan sido inútiles. Al mismo tiempo quiero que su reverencia le ruegue que me perdone... Su reverencia no está en antecedentes. Yo cometí el día de mi prisión una grave falta: me dejé arrastrar por la ira, y por la primera vez en mi vida sentí en mí corazón el ardor de una pasión infame, la venganza. No sé cómo fue aquello... Me hizo tanto daño mi propio furor, que me desmayé. Nunca había sentido cosa semejante. Parece que pasó por dentro de mí como un rayo. Verdad es que yo tenía motivos, sí, padre, motivos... Pero no hablemos de eso... Yo ruego a esa señora que me perdone.
—Y yo me comprometo a asegurar a usted que ya está perdonada —replicó el fraile con bondad—. Conozco a la señora, y sé que sabe perdonar.
—¿Su reverencia podrá decirme si le ocasionarán algún perjuicio a esa señora las palabras que yo dije delante del juez?
—Presumo que no le ocasionarán daño alguno. Esté usted tranquila por ese lado. Creo haber entendido (quizás me equivoque, porque estoy ya un poco lelo) que entre usted y ella hay un antiguo resentimiento. Parece que la señora, en un momento de delirio, porque los tiene, sí, tiene esos momentos de delirio...
—No quisiera que se nombrase eso más —replicó Sola con presteza, extendiendo la mano como para tapar la boca al fraile—. Soy la ofendida, y desde que estoy aquí me he propuesto olvidar ese y otros agravios, perdonándolos con todo mi corazón.
—Bien, muy bien. Esa cristiana conducta me gusta más que cien mil rosarios bien rezados.
—¿Su reverencia conoce bien lo que pasa en la Comisión militar? Estoy muy ansiosa por saber si el señor Cordero y su hija han sido puestos en libertad.
—Desde ayer, hija, desde ayer están en su casa tan contentos.
—¡Oh, qué dicha! —exclamó Sola cruzando las manos—. Eso es lo que yo quería..., porque son inocentes y estaban presos por un delito que yo cometí. Yo le contaré todo a Su reverencia. Quiero hacer confesión general.