—A punto estamos —repuso el fraile, acomodando el codo en la mesa y sosteniendo la frente en la mano.
Sola se acercó más, dando principio al solemne acto.
Duró próximamente media hora. El padre Alelí dio su absolución en voz alta y con los ojos cerrados, trazando lentamente la cruz en el aire con su brazo blanco y su mano flaca y delicada. Concluido el latín, dijo en castellano a la penitente:
—Adquisición admirable hará el reino de Dios muy pronto con la entrada de un alma tan hermosa.
Sola, que sentía mucho dolor en las rodillas, se echó hacia atrás sentándose sobre sus propios pies.
En el mismo momento oyose un feroz ronquido y el roce de un cuerpo contra el suelo. La voz cavernosa y terrible de Sarmiento se expresó así:
—¿Quiere usted marcharse con cien mil docenas de demonios?... ¿Qué cuchichean ahí?
El fraile se levantó, y dando dos pasos hacia el punto en donde sonaban las tremendas voces, dijo:
—Su compañera de usted ha confesado. ¿Quiere usted hacer lo mismo?
—¡Yo!... Por vida de la recondenada chilindraina, señor don Majadero, que si no se me quita pronto de delante...