El padre Alelí se tocó la sien con su dedo índice, moviendo la cabeza en señal de lástima.

—¡Confesar yo!... ¡Yo, que soy un volcán de rabia! —añadió el desgraciado tratando de levantarse con fatigosos movimientos que hacían bailar a los ladrillos—. ¡Repito que no hay Dios!... ¡No, no hay Dios! Todo es una mentira. El mundo, la gloria, el destino, fábula y palabrería. Denme un cuchillo, porque quiero matarme; me avergüenzo de vivir... Al primero que se me ponga por delante, le muerdo.

Las claridades que un momento se habían alejado, volvieron juguetonas, sin abandonar sus capisayos de telarañas, y con ellas pudo ver el padre Alelí que la pobre bestia enferma alzaba la cabeza y mostraba una horrible cara amoratada y polvorienta, toda llena de baba viscosa. Sus ojos daban miedo.

—¡Desgraciado! —murmuró con dolor el padre Alelí—. Tú, que vivirás, eres más digno de lástima que ella, destinada a morir.

—No me lo digas, no me lo digas —gritó Sarmiento incorporando su busto por un movimiento rapidísimo de sus remos delanteros—. No me lo digas, porque te mato, infame fraile, porque te devoro.

—Eres un pobre demente.

—Soy un hombre que ha perdido su ideal risueño, un hombre que soñó la gloria y no la posee, un hombre que se creyó león y se encuentra cerdo. Mi destino no es destino, es una farsa inmunda, y al caer y al envilecerme y al pudrirme como me pudro, tengo la desgracia de conservar intacto el corazón para que en él clave su vil puñal la justicia humana, matando a mi hija... Infame frailucho, ¿has venido a gozarte en mi miseria? Vete pronto de aquí, vete. Mira que no soy hombre, soy una bestia.

Clavaba sus uñas en los ladrillos y estiraba el amenazante rostro descompuesto.

—Que Dios se apiade de ti —dijo grave y solemnemente el fraile bendiciéndole—. Adiós.

Y después de encargar a Sola que tuviera resignación, mucha resignación, por las diversas causas que lo exigían (señalaba al infortunado viejo), se retiró considerando la magnitud de los males que afligen a la raza humana.