La fiera estaba tan mal dispuesta en aquella nefanda hora, que sin aguardar a que Jenara se sentase, díjole con voz ahogada:
—Por centésima vez, señora...
Se detuvo, moviendo la cabeza sobre el metálico cuello, cual si este le estrangulara, impidiendo el fácil curso de las palabras.
—Por centésima vez... —gruñó de nuevo poniéndose rojo.
—Acabemos, hombre de Dios.
—Por centésima vez digo a usted que no puede ser... En bonita ocasión me coge... Ciertamente que están las cosas a propósito para perdonar... Seudoquis escapado... Los Cordero en libertad... La Comisión desacreditada, acosada, vilipendiada, escarnecida... No somos jueces, somos vinagrillo de mil flores... No sé cómo no entran los chicos de las calles y nos tiran de la nariz... Me han pintado colgado de la horca..., y con razón, con mucha razón... Más vale que digan de una vez: «se acabó el gobierno absoluto; vuelvan los liberales...». Malditas sean las recomendaciones... Ellos conspiran y nosotros perdonamos... Con tales farsas pronto tendremos al Cojo de Málaga en el trono... Seudoquis escapado... ¡La impunidad! Aquí no hay más que impunidad... Se ahorca por besar el sitio donde estuvo la lápida de la Constitución, y damos chocolate a los conspiradores... Señora, usted me toma por un dominguillo... Señora... ¡Seudoquis escapado!... ¡La impunidad!..., esa malhadada impunidad..., lepra horrible, horrible...
Echaba las palabras a borbotones, interrumpidos a intervalos por sofocadas toses y gruñidos. Los temblorosos labios parecían el obstruido caño de una fuente, por donde salía el agua en violentos chorros con intermitencias de resoplidos de aire. A cada segando se metía los dedos en el duro cuello de cartón para ensanchárselo y respirar mejor.
—Tanto enfado me mueve a risa —dijo la dama con burlona sonrisa y demostrando mucha tranquildad—. Cualquiera que a usted le viese creería que estoy en presencia del mismo soberano absoluto de estos reinos. Señor Chaperón, ¿por quién se ha tomado?
—Señora —dijo el brigadier enfrenando su cólera—, usted puede tomarme por quien quiera; pero esta vez no cedo, no cedo... Ya comprendo la intriga: me trae usted una cartita de Calomarde... Es inútil, inútil: no hago caso de recomendaciones. Si Calomarde me manda atender al ruego de usted, presentaré al punto mi dimisión. De mí no se ríe nadie: soy responsable de la paz del reino, y si vienen revoluciones, tráigalas quien quiera, no yo.
—Calomarde no ha querido darme carta de recomendación —manifestó Jenara sin abandonar su calma.