—Ya lo presumía. Hemos hablado anoche..., hemos convenido en la necesidad de apretar los tornillos, de apretar mucho los tornillos.
—Calomarde y usted apretarán la hebilla de sus propios corbatines hasta ahogarse si gustan —dijo ella con malicioso desdén—; pero en las cosas públicas no harán sino lo que se les mande.
—Señora, permítame usted que no haga caso de sus bromitas. La ocasión no es a propósito para ello. Tenemos que hacer... ¿Pero qué es eso? Veo que me trae usted una carta.
—Sí, señor —replicó Jenara alargando un papel—: lea usted.
—Del señor conde de Balazote, gentilhombre de Su Majestad — dijo el vestiglo abriendo y leyendo la firma—. ¿Y qué tengo yo que ver con ese señor?
—Lea usted.
—¡Ah!..., ya... —murmuró Chaperón quedándose estupefacto después de leer la carta—. El señor gentilhombre me besa la mano...
—¡Ya ve usted qué fino!
—Y me hace saber que Su Majestad me ordena presentarme inmediatamente en Palacio.
—Para hablar con Su Majestad.