—Quiere decir que Su Majestad desea hablarme...
Chaperón volvió a leer. Después dio dos o tres vueltas sobre su eje.
—Mi sombrero... —dijo demostrando grandísima inquietud—, ¿en dónde está mi sombrero...? Señora, usted dispense... Lobo, aguárdeme usted...
—Yo aguardo aquí —indicó Jenara.
—Veremos lo que quiere de mí Su Majestad —añadió don Francisco en estado de extraordinario aturdimiento—. ¿Y mi bastón, en dónde he puesto yo ese condenado bastón?... ¿Habré traído los guantes?... Señora, dispense usted que... A los pies de usted... ¿Su Majestad me espera?... Sí, me esperará, no saldrá hasta que hable conmigo... ¡Y yo no recordaba que la corte había venido ayer de La Granja para trasladarse a Aranjuez!... Adiós; vuelvo.
Una hora después Chaperón entraba de nuevo en su despacho. Venía, si así puede decirse, más negro, más tieso, más encendido, más agarrotado dentro del collarín de cuero. Cruzando sus brazos, se encaró con Jenara y le dijo:
—Vea usted aquí a un hombre perplejo. Su Majestad me habló, tratándome con tanta bondad como franqueza; me ha llamado su mejor amigo, y, por fin, me ha mandado dos cosas de difícil conciliación, a saber: que sea inexorable y que acceda al ruego de usted.
—Eso es muy sencillo —replicó Jenara con gracia suma—. Eso quiere decir que sea usted generoso con mi protegida y severo con los demás.
—¡Inexorable, señora, inexorable! —exclamó don Francisco apretando los dientes y mirando foscamente al suelo.
—Inexorable con todos menos con ella. ¿Hay nada más claro?