—Dije a Su Majestad que se había escapado Seudoquis, y me contestó... ¿Qué creerá usted que me contestó?

—Alguna de sus bromas habituales.

—Que había hecho perfectamente en escaparse, si se lo habían consentido.

—Eso es hablar como Salomón.

—Veremos cómo salgo yo de este aprieto. Tengo que contentar al rey, a usted, a los voluntarios realistas, a Calomarde; tengo que contentar a todo el mundo, siendo al mismo tiempo generoso e inexorable, benigno y severo.

Chaperón se llevó las manos a la cabeza expresando el gran conflicto en que se veía su inteligencia.

—¡Qué lástima que soltáramos a ese Cordero!... —dijo después de meditar—. Pero agua pasada no mueve molino; veamos lo que se puede hacer. Formemos nuestro plan... Atención, Lobo. Lo primero y principal es complacer a la señora doña Jenara... ¿Qué filtros ha dado usted a nuestro soberano para tenerle tan propicio?... Atención, Lobo. Lo primero es poner en libertad a esa joven... Escriba usted... por no resultar nada contra ella.

Jenara aprobó con un agraciado signo de cabeza.

—Ahora pasemos a la segunda parte. Esta prueba de benevolencia no quiere decir que erijamos la impunidad en sistema. Al contrario, si la inocencia es respetada..., porque esa joven será inocente..., si la inocencia es respetada, el delito no puede quedar sin castigo... Atienda usted, Lobo... Esta conspiración no quedará impune de ningún modo. Soledad Gil de la Cuadra es inocente, inocentísima, ¿no hemos convenido en eso? Sí; ahora bien: sus cómplices, o mejor dicho, los que aparecen en este negocio de las cartas que se repartieron... No, no hay que tomarlo por ese lado de las cartas. Lobo, quite usted de la causa todo lo relativo a cartas. Veamos el cómplice.

—Patricio Sarmiento...