—¿Ese hombre está en su sano juicio?
—Permítame vuecencia —dijo Lobo— que le manifieste... El hablar de la imbecilidad de ese hombre me parece... Si vuecencia, excelentísimo señor, me permite expresarme con franqueza...
—Hable usted pronto.
—Pues diré que eso de la imbecilidad de Sarmiento me parece una inocentada.
—Eso es: una inocentada —repitió Jenara.
—Pues qué, ¿no constan en la causa hechos mil que acreditan su buen juicio? Se le encontró entre sus papeles un paquete de cartas sobre la organización de la Comunería, y consta que fue uno de los que más parte tuvieron en el asesinato de Vinuesa.
—¿Hay pruebas, hay testigos?
—Diez pliegos están llenos de las declaraciones de innumerables personas honradas que han asegurado haberle visto entrar, martillo en mano, en la cárcel de la Corona.
—Admirable. Adelante.
—Después ha fingido hallarse demente para poder insultar a Su Majestad, para burlarse de la religión y apostrofar a los defensores del trono.