—¡Se ha fingido demente!

—Está probado, probadísimo, excelentísimo señor.

Chaperón dudaba, hay que hacerle ese honor. La monera de que antes hablamos se agitaba inquieta y alborotada entre el cieno, haciendo esfuerzos por mostrarse.

—Pero esas pruebas de que se fingía demente... —murmuró—. ¿Hay dictamen facultativo?

Jenara no veía con gusto aquella discusión, y guardaba silencio.

—¿Qué dice el artículo 7.º del decreto del 20 de este mes? —preguntó Lobo con extraordinario calor.

Que la fuerza de las pruebas en favor o en contra del acusado se dejan a la prudencia e imparcialidad de los jueces. Bien: admitamos que la ficción de demencia es cosa corriente. No hay más que hablar.

—¿Qué dice el artículo 11 del mismo decreto?

Que se castigue con el último suplicio a los que griten «Viva la Constitución, mueran los serviles, mueran los tiranos, viva la libertad...». ¡Ah!, aquí no puede haber quebraderos de cabeza. Según este artículo, Sarmiento debía haber sido ahorcado cien veces... Pero la imbecilidad, la locura, o como quiera llamarse a esa su semejanza con los graciosos de teatro...

—¿Qué dice el artículo 6.º del mismo decreto? —preguntó de nuevo Lobo con tanto entusiasmo, que sin duda se creía la imagen misma de la jurisprudencia.