—Dice que la embriaguez no es obstáculo para incurrir en la pena.
—¿Y qué es la embriaguez más que una locura pasajera?... ¿Qué es la locura más que una embriaguez permanente? Consulte vuecencia, excelentísimo señor, todos los autores, y verá cómo concuerdan con mi parecer. Vuecencia podrá fallar lo que quiera; pero de la causa resulta, claro como la luz del día, que la muchacha y los ángeles del cielo rivalizan en inocencia, y que el Sarmiento es reo convicto del asesinato de Vinuesa, de propagación de ideas subversivas, del establecimiento de la Comunería, de predicación en sitios públicos contra la única soberanía, que es la del rey; de connivencia con los emigrados, etc., etc.
—¡Oh!, señor don Francisco —dijo la dama con generoso arranque—. Si quiere usted merecer un laurel eterno y la bendición de Dios, perdone usted también a ese pobre viejo.
—Señora, poquito a poco —repuso el funcionario poniéndose muy serio—. Antes que erigir en sistema la impunidad, cuidado con la impunidad, ¡por vida del...!, presentaré mi dimisión. Bastante ha conseguido usted.
La dama inclinó la cabeza, fijando los ojos en el suelo. Otra vez suplicó, porque no podía resistir impasible a la infame tarea de aquellos inicuos polizontes; pero Chaperón se mostró tan celoso de su reputación, de su papel y de atender a las circunstancias (¡siempre las circunstancias!), que al fin la intercesora, creyéndose satisfecha con el triunfo alcanzado, no quiso comprometerlo aspirando a más. Se retiró contenta y triste al mismo tiempo. Necesitaba ver aquel mismo día a los demás individuos de la Comisión, pues aunque el presidente lo era todo, y ellos casi nada, convenía prevenirlos para asegurar mejor la victoria.
Cuando se quedaron solos, Chaperón dijo a su asesor privado:
—Arrégleme usted eso inmediatamente. Extienda usted la sentencia, y llévela al comandante fiscal para que la firme. Hoy mismo se presentará al tribunal. Mañana nos reuniremos para sentenciar a la mujer que robó el almirez de cobre y el vestido viejo de percal. Pasado mañana tocará sentenciar eso... ¡Oh!, veremos si los compañeros quieren hacerlo mañana mismo... Quesada me ha recomendado hoy la mayor celeridad en el despacho y en la ejecución de las sentencias...
Y cabizbajo, añadió:
—Veremos cómo lo toma la Comisión. Yo tengo mis dudas... Mi conciencia no está completamente tranquila..., pero ¿qué se ha de hacer? Todo antes que la impunidad.
Y aquel hombre terrible, que era el presidente de derecho del pavoroso tribunal, y de hecho fiscal, y el tribunal entero; aquel hombre, de cuya vanidad sanguinaria y brutal ignorancia dependía la vida y la muerte de miles de infelices, se levantó y se fue a comer.