La Comisión, reunida al día siguiente para fallar la causa de la mujer que había robado un almirez de cobre y un vestido viejo de percal, falló también la de Sarmiento. No pecaban de escrupulosos ni de vacilantes aquellos señores, y siempre sentenciaban de plano conformándose con el parecer del que era vida y alma del tribunal. Todas las mañanas, antes de reunirse, oían una misa llamada de Espíritu Santo, sin duda porque era celebrada con irreverente pretensión de que bajara a iluminarles la tercera persona de la Santísima Trinidad. Por eso deliberaban tranquila, rápidamente y sin quebraderos de cabeza. Todos los días, al dar la orden de la plaza y distribuir las guardias y servicios de tropa, el capitán general designaba el sacerdote castrense que había de decir la misa de Espíritu Santo. Esto era como la señal de ahorcar.[3]

[3] Véase cualquier número del Diario de Avisos, año de 1824.

Al anochecer del día en que fue sentenciada la causa de Sarmiento, previa la misa correspondiente, el escribano entró en la prisión, y a la luz de un farolillo que el alguacil sostenía, leyó un papel.

Oyéronle ambos reos con atención profunda. Sarmiento no respiraba. No había concluido de leer el escribano, cuando don Patricio, enterado de lo más sustancial, lanzó un grito; poniéndose de rodillas elevó los brazos, y con entusiasmo que no puede describirse, con delirio sublime, exclamó:

—¡Gracias, Dios de los justos, Dios de los buenos! ¡Gracias, Dios mío, por haber oído mis ruegos!... ¡Ella libre, yo mártir, yo dichoso, yo inmortal, yo santificado por los siglos de los siglos!... Gracias, Señor... Mi destino se cumple... No podía ser de otra manera. Jueces, yo os bendigo. Pueblo, mírame en mi trono... Estoy rodeado de luz.

XXV

La capilla de los reos de muerte, que estaba en el piso bajo y en el ángulo formado por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del Verdugo, era el local más decente de la cárcel de Corte. No parecía, en verdad, decoroso, ni propio de una nación tan empingorotada, que los reos se prepararan a la muerte mundana y salvación eterna en una pocilga como los departamentos en que moraban durante la causa. En la capilla entraban, movidos de curiosidad o compasión, muchos personajes de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentilhombres, y no se les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una pequeña sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban tan debilitadas que apenas permitían distinguir las personas, de aquí que en los días de capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad de las velas amarillas encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver al reo, aquel moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer junto al altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente los condenados, por valientes que sean, toman un tinte cadavérico que anticipa en ellos la imagen de la descomposición física, asemejándoles a difuntos que comen, hablan, oyen, miran y lloran, para burlarse de la vida que abandonaron.

No fue así don Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la capilla en la para él felicísima mañana del 4 de septiembre, pareció que se rejuvenecía, tales eran el contento y la animación que en sus ojos brillaban. De un rojo insano se tiñeron sus ajadas mejillas, y su espina dorsal hubo de adquirir una rectitud y esbeltez que recordaban sus buenos tiempos de Roma y Cartago. Soledad, a quien permitieron acompañarle todo el tiempo que quisiera, se hallaba en estado de viva consternación, de tal modo, que ella parecía la condenada y él el absuelto.

—Querida hija mía —le dijo el anciano cuando juntos entraron en la capilla—, no desmayes, no muestres dolor, porque soy digno de envidia, no de lástima. Si yo tengo este fin mío por el más feliz y glorioso que podría imaginar, ¿a qué te afliges tú? Verdad es que la naturaleza (cuyos códigos han dispuesto sabiamente los modos de morir) nos ha infundido instintivamente cierto horror a todas las muertes que no sean dictadas por ella, o hablando mejor, por Dios; pero eso no va con nosotros, que tenemos un espíritu valeroso, superior a toda niñería... Ánimo, hija de mi corazón. Contémplame, y verás que el júbilo no me cabe en el pecho... Figúrate la alegría del prisionero de guerra que logra escaparse, y anda y camina, y al fin oye sonar las trompetas de su ejército... Figúrate el regocijo del desterrado que anda y camina, y ve al fin la torre de su aldea. Yo estoy viendo ya la torre de mi aldea, que es el cielo, allí donde moran mi padre, que es Dios, y mi hijo Lucas, que goza del premio dado a su valor y a su patriotismo. Bendito sea el primer paso que he dado en esta sala, bendito sea también el último, bendito el resplandor de esas velas, benditas esas sagradas imágenes, bendita tú que me acompañas, y esos venerables sacerdotes que me acompañan también.

Soledad rompió a llorar, aunque hacía esfuerzos para dominarse, y don Patricio, fijando los ojos en el altar y viendo el hermoso crucifijo de talla que en él había y la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, experimentó una sensación singular, una especie de recogimiento que por breve rato le turbó. Acercándose más al altar, dijo con grave acento: