—Queridos hermanos en Cristo —dijo el reo con cierta jovialidad delicada—. Agradezco mucho sus consuelos; pero he de advertirles que no los necesito. Yo me basto y me sobro. Así es que no verán en mí suspirillos ni congojas... Me gusta que hayan venido, y así podrán decir a la posteridad cómo estaba Patricio Sarmiento en la capilla, y qué bien revelaba en su noble actitud y reposado continente (al decir esto erguía la cabeza, echando el cuerpo hacia atrás) la grandeza de la idea por la cual dio su sangre.

Pasmados se quedaron los hermanos, así como los frailes, de ver su serenidad, y le exhortaron de nuevo a que cerrase el entendimiento a las vanidades del mundo. Sola, de rodillas junto al altar, rezaba en silencio.

XXVI

Empezaron los hermanos a servir la comida. Sentose don Patricio a la mesa, invitando a todos a que le acompañaran. No había comenzado aún, cuando entró el señor de Chaperón, que jamás dejaba de visitar a sus víctimas en la antesala del matadero. Como de costumbre en tales casos, el señor brigadier trataba de enmascarar su rostro con ciertas muecas, contorsiones y gestos encargados de expresar la compasión, y helo aquí arqueando las cejas y plegando santurronamente los ángulos de la boca, sin conseguir más que un aumento prodigioso en su fealdad.

Saludó a Sarmiento con esa cortesía especial que se emplea con los reos de muerte, amabilidad indefinible, incomprensible para quien no ha visto muestras de ella en la capilla de la cárcel; urbanidad en la cual no hay ni asomos de estimación, porque se trata de un delincuente atroz, ni tampoco desprecio o encono a causa de la proximidad del morir. Es una callada fórmula de repulsión compasiva, sentimiento extraño que no tiene semejante, como no sea en el alma de algún carnicero no muy novicio ni tampoco muy empedernido.

—Hermano en Cristo —dijo don Francisco poniendo su mano, tan semejante al hacha del verdugo, sobre el cuello del preceptor—, supongo que su alma sabrá buscar en la religión los consuelos...

Esta formulilla era de cajón. Aquel funcionario de tan pocas ideas la llevaba prevenida siempre que a los reos visitaba.

—Señor don Francisco —replicó Sarmiento levantándose—, si vuecencia quiere acompañarme a la mesa...

—No, gracias, gracias; siéntese usted... ¿Qué tal estamos de salud?... ¿Y el apetito?

Lo preguntaba como lo preguntaría un médico.