—Vamos viviendo —repuso el patriota—. O si se quiere, vamos muriendo. Todavía no ha llegado el instante precioso en que sea innecesario este grosero sustento de la bestia... Hemos de arrastrar el peso del cuerpo, hasta que llegue el instante de dejarlo en la orilla y lanzarnos al océano sin fin, en brazos de aquellas olas de luz que nos mecerán blandamente en presencia del Autor de todas las cosas.

Chaperón miró a los frailes, e hizo un gesto que indicaba opinión favorable del juicio de Sarmiento.

—Y ya que vuecencia ha tenido la bondad de visitarme —añadió el reo, después de saborear el primer bocado—, tengo el gusto de declarar que no siento odio contra nadie, absolutamente contra nadie. A todos les perdono de corazón, y si de algo valen las preces de un escogido como yo (al decir esto su tono indicaba el mayor orgullo), he de alcanzar del Altísimo que ilumine a los extraviados para que muden de conducta, trocando sus ideas absolutistas por el culto puro de la libertad... Sí, señor: se intercederá por los que están ciegos, para que reciban luz; se recomendará a los crueles, para que hallen misericordia en su día. Patricio Sarmiento es leal, pío, generoso, como apóstol de la misma generosidad, que es el liberalismo... En mi corazón ya no caben resentimientos: todos los echó fuera, para presentarme puro y sin mancha. El mártir de una idea, el que con su sangre ha puesto el sello a esa idea, ¿me entienden ustedes?, para que quede consagrada en el mundo, no enturbiará su conciencia con odios mezquinos. Reconozco que, con arreglo a las leyes, mi condenación ha sido razonable. Vuecencia que me oye no ha hecho más que cumplir con la ley que se le ha puesto en la mano. Así me gusta a mí la gente. Venga esa mano, señor don Francisco.

Diole tan fuerte apretón de manos, que Chaperón hubo de retirar la suya prontamente para que no se la estrujara.

—Además —prosiguió Sarmiento—, yo sé que los que hoy me condenan, me admirarán mañana, si viven, y los que me vituperan hoy, luego me pondrán en el mismo cuerno de la luna... Porque esto durará poco, señor don Francisco: el absolutismo, a fuerza de estrangular, se sostendrá un año, dos, tres, pongamos cuatro... En este guisado de vaca —añadió dirigiéndose a uno de los hermanos de la Caridad—, se le fue la mano a la cocinera: lo ha cargado de sal... Pongamos cuatro años; pero al fin tiene que caer y hundirse para siempre, porque los siglos muertos no resucitan, señor don Francisco; porque los pueblos, una vez que han abierto los ojos, no se resignan a cerrarlos; y así como cada estación tiene sus frutos, cada época tiene su sazón propia, y los españoles, que hasta aquí hemos amargado de puro verdes, vamos madurando ya, ¿me entiende vuecencia?, y se nos ha puesto en la cabeza que no servimos para ensalada. Vuecencias ahorquen todo lo que quieran. Mientras más ahorquen, peor. El absolutismo acabará ahorcándose a sí mismo ¿No lo quieren creer? Pues lo pruebo. Empezó creando para su defensa y sostenimiento la fuerza de voluntarios realistas. Son estos unos animalillos voraces y golosos que no se prestan a servir a su amo, si este no les alimenta con cuerpos muertos. Una vez cebados y enviciados con el fruto de la horca, mientras más se les da más piden, y llegará un momento en que no se les pueda dar todo lo que piden, ¿me entiende vuecencia?

Don Francisco, sin contestarle, y dirigiendo maliciosas ojeadas a los frailes, hacía señas de asentimiento. El padre Salmón, que atendía con sorna a las razones del preso, bajó la cabeza para ocultar la risa. Pero el padre Alelí, que devotamente rezaba en su breviario, alzó los ojos, y mirando con expresión de alarma al reo, le dijo:

—Hermano mío, veo que, lejos de apartar usted su pensamiento de las ideas mundanas, se engolfa más y más en ellas, con gran perjuicio de su alma. Los momentos son preciosos; la ocasión, impropia para hacer discursos.

—Y yo digo que es menos propia para sermones —replicó Sarmiento, dando un golpecillo en la mesa con el mango del tenedor—. Yo sé bien lo que corresponde a cada momento, y repito que consagraré a la religión y a mi conciencia todo el tiempo que fuere necesario.

—Bastante ha perdido usted en vanidades.

—Poquito a poco, señor sacerdote —dijo Sarmiento frunciendo las cejas—, yo nada le quito a Dios. No se quite nada tampoco a las ideas, que son mi propia vida, mi razón de ser en el mundo, porque entiéndase bien, son la misión que Dios mismo me ha encargado. Cada uno tiene su destino: el de unos es decir misa; el de otros es enseñar o iluminar a los pueblos. El mismo que a su paternidad reverendísima le dio las credenciales, me las ha dado a mí.