—Reflexione, hombre de Dios —indicó el padre Salmón, rompiendo el silencio—, en qué sitio se encuentra, qué trance le espera, y vea si no le cuadra más preparar su alma con devociones, que aturdirla con profanidades.
—Vuestras paternidades me perdonen —dijo Sarmiento grave y campanudamente después de beber el último trago de vino— si he hablado de cosas profanas que no les agradan. Yo soy quien soy, y sé lo que me digo. Sé mejor que nadie por qué estoy aquí, por qué muero y por qué he vivido. Allá nos entenderemos Dios y yo; Dios, que llena mi conciencia y me ha dictado este acto sublime, que será ejemplo de las generaciones. Pero pues las religiosidades no están nunca de más, vamos a ellas y así quedarán todos contentos.
—Esas divagaciones, hombre de Dios —dijo Salmón con puntos de malicia—, confirman uno de los delitos que le han traído a este sitio.
—¿Qué delito?
—El de fingirse enajenado para poder tratar impunemente de cosas prohibidas.
—Hablillas —dijo Sarmiento sonriendo con desdén—. Señores hermanos de la Paz, si tuvieran ustedes la bondad de darme cigarros, se lo agradecería... Hablillas del vulgo. Si fuéramos a hacer caso de ellas, ¿cómo quedaría el padre Salmón en la opinión del mundo? ¿No dicen de él que solo piensa en llenar la panza y en darse buena vida? ¿No goza fama de ser mejor cocinero que predicador?... ¿De frecuentar más los estrados de las damas, para hablar de modas y comidas, que el coro para rezar y la cátedra para enseñar? Esto dice el vulgo. ¿Hemos de creer lo que diga? Pues al padre Alelí, que me está oyendo y que es persona apreciabilísima, ¿no se le acusó en otro tiempo de volteriano? ¿No le tuvo entre ojos la Inquisición? ¿No decían que antaño era amigo de Olavide y que después se había congraciado con los realistas? Esto se dijo: ¿hemos de hacer caso de las necedades del vulgo?
El padre Alelí palideció, demostrando enojo y turbación. Chaperón se mordía los labios para dominar sus impulsos de risa. Ofrecía, en verdad, la fúnebre capilla espectáculo extraño, único, el más singular que puede imaginarse. Frente al altar veíase una mujer de rodillas, rezando sin dejar de llorar, como si ella sola debiera interceder por todos los pecadores habidos y por haber; en el centro una mesa llena de viandas, y un reo que, después de hablar con desenfado y entereza, recibía cigarros de los hermanos de la Paz y Caridad y los encendía en la llama de un cirio; más allá dos frailes, de los cuales el uno parecía vergonzoso y el otro enfadado; enfrente la tremebunda figura de don Francisco Chaperón, el abastecedor de la horca, el terror de los reos y de los ajusticiados, sonriendo con malicia y dudando si poner cara afligida o regocijada; todo esto presidido por el crucifijo y la Dolorosa, e iluminado por la claridad de las velas de funeral que daban cadavérico aspecto a hombres y cosas, y allá en la sala inmediata, una sombra odiosa, una figura horripilante que esperaba: el verdugo.
Don Francisco Chaperón se despidió de su víctima. En la sala contigua y en el patio encontró a varios individuos de la Comisión militar y a otros particulares que venían a ver al reo.
—¡Que me digan a mí que ese hombre es tonto! —exclamó con evidente satisfacción—. Tan tonto es él como yo. No es sino un grandísimo bribón, que aún persiste en su plan de fingirse demente, por ver si consigue el indulto... Ya, ya. Lo que tiene ese bergante es muchísimo talento. Ya quisieran más de cuatro... Por cierto que entre bromas y veras ha hablado con un donaire... Al pobre Salmón le ha puesto de hoja de perejil, y Alelí no ha salido tampoco muy librado de manos de este licenciado Vidriera... Es graciosísimo: véanle ustedes... Por supuesto, bien se comprende que es un solemnísimo pillo.
Y don Francisco se retiró, repitiéndose a sí mismo con tanta firmeza como podría hacerlo un reo ante el juez, que don Patricio no era imbécil, sino un gran tunante. Tal afirmación tenía por objeto sofocar la rebeldía de aquel insubordinado corpúsculo, a quien llamamos antes la monera de la conciencia chaperoniana, y que desde que Sarmiento entró en capilla se agitaba entre el légamo, queriendo mostrarse y alborotar y hacer cosquillas en el ánimo del digno funcionario. Con aquella afirmación, don Francisco aplacó la vocecilla, y todo quedó en profundo silencio allá en los cenagosos fondajes de su alma.