XXVIII

Poniendo sobre todas las cosas su anhelante deseo de llegar pronto al fin de la jornada vital, que era el comienzo de su triunfo, Sarmiento deploraba que la justicia de aquellos tiempos hubiese fijado en cuarenta y ocho horas el plazo de la preparación religiosa. Con diez o doce horas había bastante, según él. Los dos frailes que le asistían aprovecharon la ocasión de su soledad para hablarle recio en el negocio de la salvación, logrando que don Patricio atendiese a este, y consintiera en oír el trasnochado sermoncillo que preparado traía el padre Salmón. Después de comer, cuando Sola, vencida por el cansancio, había cedido al sueño y dormitaba sentada, el padre Alelí logró hacerse oír de Sarmiento con mayor interés. Por la noche pareció que el espíritu del buen viejo se recogía y como que se amilanaba algún tanto, mostrándose además en su rostro y cuerpo cierto desmayo o fatiga. El patriota no permanecía ya en pie, sino recostado con abandono en el sillón, fijando la vista en el suelo cual si cayera en meditación taciturna. Silencio profundísimo reinaba en la cárcel; las velas se habían consumido bastante y ardían en el último cabo de ellas, elevando entre la vacilante luz el negro pábilo caduco, y derramando cera amarilla en grandes chorros sobre los candeleros y sobre el altar. El crucifijo y la Dolorosa parecían entregados a un sopor misterioso. Nunca como en aquella hora había parecido la capilla tristísima y lúgubre. Su ambiente de panteón daba frío, su luz tenue convidaba a morirse y enterrarse. Era la madrugada del último día.

No fue insensible el espíritu de Sarmiento a esta influencia externa, y conociéndolo Alelí, le dijo que ya le quedaban pocas horas; que viese lo que hacía si no deseaba arder perpetuamente en los infiernos. Al oír esto, mirole Sarmiento con desdén, y levantándose del sillón, se puso de rodillas.

—Puesto que su paternidad quiere que confiese, confesaré —dijo lacónicamente.

—No es preciso que se arrodille usted, hermano mío —indicó el buen fraile levantándole—. En estos casos permitimos al penitente que haga la confesión sentado para evitarle cansancio.

—Yo prefiero estar de rodillas, porque no soy de alfeñique —dijo el reo volviéndose a hincar—. Ahora, si vuestra paternidad tiene oídos, oiga... Yo amo a Dios sobre todas las cosas. ¿Cómo no amarle, si es fuente de todo bien, manantial de toda idea, origen de toda vida? El dio la idea moral al mundo, y el mundo, después de mil luchas, disputas y sangre, aceptó la ley moral que felizmente lo rige. Después le dio la idea política, es decir, la libertad, para que se gobernase, y todavía el mundo no la ha aceptado en su totalidad. Estamos en la época de la predicación, del martirio...

—Basta —dijo Alelí con enfado—. Está usted profanando el nombre de Dios con absurdas afirmaciones. Poco adelantamos por ese camino, hermano querido. Confiese usted su amor a Dios sin mezcla de extravagancia alguna. Me basta con eso por ahora, y adelante.

—Confieso —añadió el penitente— que con frecuencia he jurado su santo nombre en vano, y además que he usado votos y ternos, pues adquirí tiempo ha la pícara costumbre de sacar a todo el chilindrón y la chilindraina; pero, con perdón de vuestra reverencia, creo que pecados como este no llevan a casa de Pedro Botero. Tampoco he santificado las fiestas como está mandado..., desidia, pura desidia y abandono. En el cuarto, ¿qué he de decir sino que jamás he faltado a él ni en pensamiento? Pues en lo de matar, si alguien perdió por mí la vida, fue en leal acción de guerra y cuando el honor de mi bandera así me lo mandaba. No obstante, un pecado grave tengo en lo tocante a este mandamiento, y ese lo voy a confesar aquí con la boca y con el corazón, porque ha tiempo pesa sobre mi conciencia; y aunque estoy muy arrepentido, paréceme que jamás logro echar de mí la mancha y peso que me dejó. Hallándose preso y encadenado un vecino mío, padre de esta joven que me acompaña, pidió un vaso de agua y se lo negué. ¡Qué infame bellaquería! Pero válgame mi contrición sincera y el cariño ardiente que después he puesto en la bendita hija de aquel desgraciado.

—Adelante —murmuró Alelí satisfecho de que hubiese algún pecado evidente que justificase su ministerio.

—Del sexto no diré más sino que después de la muerte de mi Refugio, que acaeció hace veintidós años, he observado castidad absoluta, a pesar de ser solicitado para faltar a aquella preciosa virtud por más de una hembra que no debió de ver en mí saco de paja. Tampoco he robado jamás a nadie ni el valor de un alfiler, y en el ramo de mentir, si alguna vez falté a la verdad, fue en negocios baladís y de poca monta.