—Alto, alto —dijo Alelí con interés sumo, viendo llegado el tema que abordar quería—. Usted ha mentido, y ha mentido gravemente por sistema sosteniendo un papel engañoso con la terquedad del hombre más perverso. Es opinión general que usted se finge demente, poseyendo en realidad un claro juicio; es público y notorio, y así consta en la causa, que todos esos disparates con que ha divertido a Madrid son obra del talento más astuto, para poder vivir en una sociedad que proscribe a los revolucionarios. Vamos a ver, hermano mío: repare usted delante de quién está, mire esa imagen sacratísima, considere que le restan pocas horas de vida, considere que ya no es posible el engaño, y ábrame su corazón, arroje la máscara, y dígame si, en efecto, este hombre exaltado que vemos es un hábil histrión. ¡Ah!, hermano mío, aseguran que usted sostiene su papel, esperando que le indulten por tonto... ¡error, error, porque no es ese el camino del indulto! Más fácil le sería conseguirlo con una confesión franca de su pecado... Al menos, haciéndolo así tendrá el perdón de Dios y la gloria eterna.

—¡Yo farsante, yo histrión, yo..., yo! —exclamó Sarmiento clavando ambas manos, como garras, en su pecho.

Miraba al padre Alelí con los ojos encendidos y con expresión de sorpresa, que bien pronto se tornó en amargo desdén.

—Usted no me comprende... —dijo levantándose—. Vaya usted a confesar colegiales, señor padre Alelí. Me confesaré solo.

Y arrodillándose delante del altar, alzó las manos, y sin quitar los ojos del Crucifijo habló así:

—Señor, Tú que me conoces no necesitas oír de mi boca lo que siente mi corazón, que pronto dará su último latido, dejándome libre. Sabes que te adoro, que te reverencio, y que ejecuto puntualmente la misión que me señalaste en el mundo. Sabes que la idea de la libertad, enviada por ti para que la difundiéramos, fue mi norte y mi guía. Sabes que por ella vivo y por ella muero. Sabes que si cometí faltas, me he arrepentido de ellas con grandísima congoja. Sabes que perdono de todo corazón a mis enemigos, y que me dispongo a rogar por ellos, cuando mi espíritu pueda hablar sin boca y ver sin necesidad de ojos. Mi confesión está hecha públicamente. Óigala todo el que tiene oídos.

Y después, volviéndose al fraile, que absorto le miraba, díjole:

—Ahora, padre Alelí, espero que no tendrá vuestra paternidad reverendísima inconveniente alguno en darme el pan eucarístico. Bien se ve que puedo recibir a Dios dentro de mí. Estoy puro de toda mancha: soy como los ángeles.

Entonces viose una cosa extraña, que por lo extraña parecía horrible en aquel sitio y ocasión. El padre Alelí no pudo evitar una sonrisa. Diríase que esta brilló en la fúnebre capilla como un reflejo mundano dentro de la región de los difuntos. Pero tornó al punto a la seriedad, y gravemente dijeron a dúo ambos frailes:

—No podemos dar a usted la Eucaristía, desgraciado hermano.