Mientras Sola acudió a consolar a Sarmiento, que parecía muy contrariado por aquella negativa, Alelí llevó aparte a Salmón y le dijo:
—Es más tonto que hecho de encargo. Yo repito que ajusticiar a este hombre es un asesinato, y Chaperón, los jueces que le sentenciaron y nosotros que le asistimos, estamos más locos que él. Yo no puedo ver este horrible espectáculo. ¿Pero no es evidente que ese hombre es necio de capirote? Estamos coadyuvando a una obra inicua. ¡Y esperábamos que confesase su comedia!
—Como siempre le tuve por mentecato de una pieza, no me he llevado chasco. No sé para qué nos traen aquí.
—Ni yo. Voy a hablar con Chaperón.
—Yo no me tomaría el trabajo de hablar con nadie.
—Pues yo sí.
—Pues yo no.
Poco después de esto, el reo vio personas y objetos con una claridad que le conturbó sobremanera sin saber por qué. Era que había avanzado el día y la capilla recibía un poco de luz, ante la cual palidecía ligeramente la de las soñolientas velas, casi consumidas. Aquel débil resplandor del astro rey hizo daño a la retina y al espíritu del anciano, sin que su entendimiento pudiera explicarse la razón de ello.
—Es de día —dijo con cierto asombro, y al punto se quedó taciturno.
Los hermanos de la Caridad aparecían más compungidos que en el día anterior, y rezaban devotamente arrodillados ante el altar. Salmón rogó al condenado que se sentase, y poniéndose junto a él, hízole exhortaciones encaminadas a apartar su alma del tremendo abismo a cuyo borde se encontraba.