—Pocas horas me restan —murmuró el patriota dando un gran suspiro—. Mi alma será más fuerte cuanto más cerca esté el instante lisonjero de su liberación. ¿Cuántas horas faltan?
—No cuente usted las horas... ¿Qué valen dos ni tres horas comparadas con la eternidad?
Sarmiento no respondió. Observaba los ladrillos del piso y fijaba su vista con minuciosidad aritmética en todos aquellos que tenían el ángulo gastado. Diríase que los contaba.
—¿En dónde está mi hija? —dijo de súbita moviéndola cabeza con ansiedad—. Sola, niña de mi corazón, no te separes de mí.
Sola se arrojó llorando en sus brazos. Notó que tenía las manos frías y temblorosas.
—Dentro de poco dejaré de verte, ¡ay! —exclamó el viejo haciendo esfuerzos verdaderamente heroicos para dominar su emoción—. ¡Que sea tan flaca y miserable esta humana naturaleza, que ni aun teniendo por segura la entrada en la morada celestial, pueda mirar con absoluto desprecio los afectos del mundo!... Aquí me tienes más valiente que un león (sus labios temblaban al decirlo, y su voz era como el ronco trinar de un ave moribunda), y, sin embargo, esto de separarme de ti, esto de dejarte sola...
Se pasó la mano por la frente, y durante un rato tapose los ojos.
—No sé por qué está triste el día —murmuró con disgusto—. ¡Qué ruido hay en la cárcel!... ¿Qué voces son esas? Parece un canto desacorde o un graznido de pájaros llorones. ¿Qué es eso?
Soledad no contestó nada, y apoyó su frente sobre el pecho del anciano. A la capilla llegaba una repugnante música llorona de gritos humanos que parecía formada de todos los rencores, de todos los sarcasmos, de todas las lágrimas y de todos los suspiros encerrados en la cárcel.
El padre Alelí, que había salido al amanecer, volvió muy cabizbajo, y sin hablar una sola palabra al reo ni a los demás, preparose para decir la misa. En tanto, uno de los hermanos departía con Sarmiento de cosas religiosas, sabedor de que estas habían de llevar gran alivio y fuerzas al espíritu del reo.