—Hoy —le dijo— celebramos en Santa Cruz los mayordomos de esta Real Archicofradía misa solemne de rogativa para implorar los divinos auxilios en la última hora del pobre condenado a muerte. Ya sabe usted que nuestro santísimo padre Pío VII ha concedido indulgencia plenaria a todos nosotros y a los fieles que asistan a esa misa y hagan oración por la concordia de los príncipes cristianos, extirpación de las herejías y exaltación de la fe católica.
—De modo —dijo Sarmiento con amarga ironía— que en esa misa se hace oración por todo menos por mí.
—No, hermano mío, no —dijo el cofrade con la melosidad del beato—; que también habrá lo que llamamos ejercicio de agonía, donde se hace la recomendación del alma del reo; luego siguen las jaculatorias de agonía y se cantará el ne recorderis. Los más bellos himnos de la Iglesia y las piadosas oraciones de los fieles acompañan a usted en su tránsito doloroso..., ¿qué digo doloroso?, gloriosísimo. Piense usted en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y se sentirá lleno de valor. ¡Oh, feliz mil veces el que abandona esta vida miserable libre de todo pecado!
El hermano inclinó la cabeza a un lado, bajando los ojos y cruzando las manos en mística actitud. Después rezó en silencio.
Alelí dijo la misa, que oyó Sarmiento como el día anterior, de rodillas y con profunda atención. Al concluir sentose con muestras de gran cansancio; mas ponía mucho empeño en disimularlo.
—¿No quiere usted tomar algo? —le dijo uno de los hermanos—. Hemos preparado un almuerzo ligero. ¿Se siente usted mal, hermano querido? Vamos, un huevo frito y un poco de jamón... ¡Si para eso no se necesita gana! —añadió viendo que el reo hacía signos negativos con la cabeza y con la mano—. Sí, lo traeremos, y también un vaso de vino.
—No quiero nada.
—¿Ni café?
—Tomaré el café por complacer a ustedes —repuso Sarmiento sonriendo con tristeza.
Alelí se sentó junto a él, y tomándole la mano se la apretó cariñosamente diciéndole: