—Hermano mío, en nombre de Dios y de María Santísima, a cuya presencia llegará usted pronto, si sabe morir como cristiano en estado de contrición perfecta, le ruego que no me oculte sus pensamientos, si por ventura son distintos de lo que ha manifestado aquí y fuera de aquí.
—Si yo ocultara mis pensamientos, si yo no fuera la misma verdad —replicó don Patricio con entereza más noble—, no sería digno de este nobilísimo fin que me espera... ¡Ah!, señores, la taimada naturaleza nos tiende mil lazos por medio de la sensibilidad y del instinto de conservación; pero no, no será mi grande espíritu quien caiga en ellos. Vamos, vamos de una vez.
Y se levantó.
—Calma, calma, hermano mío; aún no es tiempo —le dijo Alelí tirándole del brazo—. Siéntese usted. Por cierto que no es nada conveniente para su alma esa afectación de valor y ese empeño de sostener el papel de héroe. Una resignación humilde y sin aparato, una conformidad decorosa sin disimular el dolor, y un poco de entereza que demuestre la convicción de ganar el cielo, son más propias de esta hora que la fanfarronería teatral. Usted está nervioso, desazonado, inquieto, sin sosiego; tiémblanle las carnes, y se cubre su piel de frío sudor.
—El que era Hijo de Dios sudó sangre —afirmó Sarmiento con brío—; yo, que soy hombre, ¿no he de sudar siquiera agua?... Vamos pronto. Repito que deseo concluir.
Entonces sintiose más fuerte el coro de lamentos, y al mismo tiempo ronco son de tambores destemplados.
—He aquí las tropas de Pilatos —observo Sarmiento.
—Hermano, hermano querido —le dijo Alelí abrazándole—. Una palabra sola de verdadera piedad, de verdadera religiosidad, de amor y temor de Dios. Una palabra, y basta; pero que sea sincera, salida del fondo del corazón. Si la dice usted, todos esos pensamientos livianos de que está llena su cabeza, como desván lleno de alimañas, huirán al ver entrar la luz.
—Cristiano católico soy —afirmó Sarmiento—. Creo todo lo que me manda creer la Iglesia, creo todos los misterios, todos los sagrados dogmas, sin exceptuar ninguno. He oído misa, he confesado sin omitir nada de lo que hay en mi conciencia, he deseado ardientemente recibir la Eucaristía, y si no la recibí ha sido porque no han querido dármela. ¿Qué más se quiere de mí? ¡Oh Señor de cielos y tierra! ¡Oh tú, María, Madre amantísima del género humano!, a vosotros vuelvo mis miradas, vosotros lo sabéis, porque veis mi rostro, no este de la carne, sino el del espíritu. Los que no ven el de mi espíritu, ¿cómo pueden comprenderme? Hacia vosotros volaré invocándoos, llevando en mi diestra la bandera que habéis dado al mundo, la bandera de la libertad, por la cual he vivido y por la cual muero.
Salmón y Alelí movieron la cabeza. Su pena y desasosiego eran muy profundos. Soledad, sin fuerzas ya para luchar con su dolor, estaba a punto de perder el conocimiento. Don Patricio, dicho su último discurso, examinaba una grieta que en el techo había y después la costura del paño del altar. Creeríase al verle que aquellos dos objetos insignificantes merecían la mayor atención.