Varias personas entraron en la capilla, todas decorando sus caras con la aflicción más edificante. Levantose el reo, y sin dejar de observar la costura del altar, habló así solemnemente:
—Cayo Graco, Harmodio y Aristogitón, Bruto..., héroes inmortales, pronto seré con vosotros... Y tú, Lucas, hijo mío, que estás en las filas de la celestial infantería, avanza al encuentro de tu dichoso padre.
Los frailes, puestos de rodillas, recitaban oraciones, empeñándose en que el reo las repitiera; pero Sarmiento se apartó de ellos afirmando:
—Todo lo que puede decirse lo he dicho en mi corazón durante la misa y después de ella.
Oyose el tañido de la campana de Santa Cruz.
—Tocan a muerto —dijo Sarmiento—. Yo mandaría repicar y alzar arcos de triunfo, como en el día más grande de todos los días. ¡Ya veo tus torres, oh patria inmortal, Jerusalén amada! ¡Bendito el que llega a ti!
El alcaide le saludó, enmascarándose también con la carátula de piedad lastimosa que pasaba de rostro en rostro, conforme iban entrando personajes. Después separáronse todos para dar paso a un hombre obeso, algo viejo, vestido de negro, cuyo aire de timidez contrastaba singularmente con su horrible oficio: era el verdugo, que, avanzando hacia el reo, humilló la frente como un lacayo que recibe órdenes.
Don Patricio sintió en aquel momento que un rayo frío corría por todo su cuerpo desde el cabello hasta los pies, y por primera vez desde su entrada en la fúnebre capilla sintió que su magnánimo corazón se arrugaba y comprimía.
—Sí, sí; perdono, perdono a todo el mundo —balbució el reo, fijando otra vez toda su atención en los ladrillos del piso—. Vamos ya... ¿No es hora?
Pero su ánimo, rápidamente abatido, forcejeó iracundo en las tinieblas y se rehizo. Fue como si se hubiera dado un latigazo. La dosis de energía que desplegara en aquel momento era tal, que solo estando muerta hubiera dejado la mísera carne de responder a ella. Tenía Sarmiento entre las manos su pañuelo; y apretando los dedos fuertemente sobre él y separando las manos, lo partió en dos pedazos sin rasgarlo. Cerrando los ojos murmuraba: