—¡Cayo Graco!... ¡Lucas!... ¡Dios que diste la libertad al mundo...!
El verdugo mostró un saco negro. Era la hopa que se pone a los condenados para hacer más irrisorio y horriblemente burlesco el crimen de la pena de muerte. Cuando el delito era de alta traición, la hopa era amarilla y encarnada. La de Sarmiento era negra. Completaba el ajuar un gorro también negro.
—Venga la túnica —dijo preparándose a ponérsela—. Reputo el saco como una vestidura de gala y el gorro como una corona de laurel.[4]
[4] Estas palabras las dijo el valeroso patriota ahorcado el 24 de agosto de 1825. Su noble y heroico comportamiento en las últimas horas, da en cierto modo carácter histórico al personaje ideal que es protagonista de esta obra.
Después le ataron las manos y le pusieron un cordel a la cintura, a cuyas operaciones no hizo resistencia, antes bien, se prestó a ellas con cierta gallardía. Incapacitados los movimientos de sus brazos, llamó a Sola y le dijo:
—Hija mía, ven a abrazar por última vez a tu viejecillo bobo.
La huérfana lo estrechó en sus brazos, y regó con sus lágrimas el cuello del anciano.
—¿A qué vienen esos lloros? —dijo este sofocando su emoción—. Hija de mi alma, nos veremos en la gloria, a donde yo he tenido la suerte de ir antes que tú. De mi imperecedera fama en el mundo, tú sola, tú serás única heredera, porque me asististe y amparaste en mis últimos días. Tu nombre, como el mío, pasará de generación en generación... No llores: llena tu alma de alegría, como lo está la mía. Hoy es día de triunfo; esto no es muerte, es vida. El torpe lenguaje de los hombres ha alterado el sentido de todas las cosas. Yo siento que penetra en mí la respiración de los ángeles invisibles que están a mi lado, prontos a llevarme a la morada celestial... Es como un fresco delicioso..., como un aroma delicado... Adiós..., hasta luego, hija mía... No olvides mis dos recomendaciones, ¿oyes? Vete con ese hombre..., ¿oyes?..., los apuntes... Adiós, mi glorioso destino se cumple... ¡Viva yo! ¡Viva Patricio Sarmiento!
Desprendieron a Sola de sus brazos; tomola en los suyos el alcaide para prestarle algún socorro, y don Patricio salió de la capilla con paso seguro.
El padre Alelí le ató un crucifijo en las manos, y Salmón quiso ponerle también una estampa de la Virgen; pero opúsose a ello el reo diciendo: