—Con mucho gusto llevaré conmigo la imagen de mi Redentor, cuyo ejemplo sigo; pero no esperen vuestras paternidades que yo vaya por la carrera besando una estampita. Adelante.

Al llegar a la calle, presentáronle el asno en que había de montar, y subió a él con arrogantes movimientos, diciendo:

—He aquí la más noble cabalgadura cuyos lomos han oprimido héroes antiguos y modernos. Ya estoy en marcha.

Al llegar a la calle de la Concepción Jerónima y ver el inmenso gentío que se agolpaba en las aceras y en los balcones, en vez de amilanarse, como otros, se creció, se engrandeció, tomando extraordinaria altitud. Revolviendo los ojos en todas direcciones, arriba y abajo, decía para sí:

«Pueblo, pueblo generoso, mírame bien, para que ningún rasgo de mi persona deje de grabarse en tu memoria. ¡Oh! ¡Si pudiera yo hablarte en este momento!... Soy Patricio Sarmiento, soy yo, soy tu grande hombre. Mírame y llénate de gozo, porque la libertad, por quien muero, renacerá de mi sangre, y el despotismo que a mí me inmola perecerá ahogado por esta misma sangre, y el principio que yo consagro muriendo, lo disfrutarás tú viviendo, lo disfrutarás por los siglos de los siglos».

El murmullo del pueblo crecía entre los roncos tambores, y a él le pareció que toda aquella música se juntaba para exclamar:

—¡Viva Patricio Sarmiento!

El padre Alelí le mostraba el crucifijo que en su mano llevaba, y le decía que consagrase a Dios su último pensamiento. Después el venerable fraile rezaba en silencio, no se sabe si por el reo o por sus jueces. Probablemente sería por estos últimos.

Al llegar a la plazuela, Sarmiento extendió la vista por aquel mar de cabezas, y viendo la horca, dijo:

—¡Ahí está!... Ahí está mi trono.