Y al ver aquello, que a otros les lleva al postrer grado de abatimiento, él se engrandeció más y más, sintiendo su alma llena de una exaltación sublime y de entusiasmo expansivo.
—Estoy en el último escalón, en el más alto —dijo—. Desde aquí veo al mísero género humano, abajo, perdido en la bruma de sus rencores y de su ignorancia. Un paso más, y penetraré en la eternidad, donde está vacío mi puesto en el luminoso estrado de los héroes y de los mártires.
Al pie de la horca, rogáronle los frailes que adorase al crucifijo, lo que hizo muy gustoso, besándolo y orando en voz alta con entonación vigorosa.
—Muero por la libertad como cristiano católico —exclamó—. ¡Oh, Dios a quien he servido, acógeme en tu seno!
Quisieron ayudarle a subir la escalera fatal; pero él, desprendiéndose de ajenos brazos, subió solo. El patíbulo tenía tres escaleras: por la del centro subía el reo, por una de las laterales el verdugo y por la otra el sacerdote auxiliante. Cada cual ocupó su puesto. Al ver que el cordel rodeaba su cuello, Sarmiento dijo con enfado:
—¿Y qué? ¿No me dejan hablar?
Los sacerdotes habían empezado el Credo. Callaron. Juzgando que el silencio era permiso para hablar, el patriota se dirigió al pueblo en estos términos:
—Pueblo, pueblo mío, contémplame y une tu voz a la mía para gritar: ¡Viva la...!
Empujole el verdugo y se lanzó con él.
Cayeron de rodillas los sacerdotes que habían permanecido abajo, y elevando el crucifijo, exclamaron consternados: