—¿Pero en dónde está mi casa? ¡Pues no se me ha olvidado dónde está mi casa!...
Miraba a la tierra como quien ha perdido el sombrero.
—¡Ay! Ya me acuerdo —exclamó sonriendo—. Tu casa está en la calle de la Emancipación Social, ¿no es verdad, Patricio?
Meditaba con el índice puesto en la punta de la nariz.
—No... —dijo después de una pausa, en el tono gozoso del que hace un descubrimiento útil—. Es que yo solicité del ayuntamiento que llamase calle de la Emancipación Social a la de Coloreros; pero no accedió, y sigue llamándose calle de Coloreros. Allí vivo, pues.
Entró en Madrid resueltamente. Subiendo por la calle de Toledo, dijo:
—Tengo hambre.
Pero después de registrar todos los bolsillos de su ropa, que no bajaban de ocho, adquirió una certidumbre aterradora, que expresó en angustiosos suspiros:
—Parece que se me doblan las piernas y que voy a caer desfallecido... ¡Comer! ¡Que esto sea indispensable!... Miserable carne, ¿por qué eres así?... ¿A dónde iré?... Mi casa está vacía: no hay en ella ni una miga de pan... ¿Pediré limosna? Jamás. Los hombres de mi temple sucumben, pero no se humillan... A casa, señor don Patricio; si es preciso, se comerá usted el palo de una silla: a casa.
Al entrar en la calle de Coloreros encontrola tenebrosa y desierta por ser muy avanzada la noche. Como su extenuación era grande, se habían debilitado sus sentidos, particularmente el de la vista, y necesitó palpar las paredes para encontrar la puerta. Sin saber por qué, vino entonces a su mente un recuerdo muy triste, que ya otras veces había turbado profundamente su espíritu. Parecíale estar viendo delante de sí, en una noche oscura como aquella, al sin ventura Gil de la Cuadra arrojado en el suelo, arrastrando ignominiosa cadena, insultado por los polizontes. De todos los incidentes de aquella lúgubre escena, el más presente en la memoria de don Patricio y el que le causaba más dolor, era el ocurrido cuando su infeliz vecino preso pidió agua, y Sarmiento, inspirándose en el más cruel fanastimo, se la negó.