—Ya, ya lo sé —dijo don Patricio cerrando los ojos para dominar mejor su terror—, ya sé que aquello fue una gran bellaquería.

Y abriendo, no sin trabajo, la puerta, entró, apresurándose a cerrar tras sí porque le parecía que feos espectros y sombras iban en su seguimiento, y que oía el lamentable son de la cadena de Gil de la Cuadra arrastrando por las baldosas. Buscó en sus bolsillos eslabón y yesca para encender luz; mas nada halló de que pudiera sacarse lumbre. Sin desanimarse por esto, acometió la escalera con mucho cuidado y empezó a subir, deteniéndose en cada escalón para tomar fuerzas. Pero no había subido ocho, cuando le fue preciso andar a gatas, porque las piernas no podían con el peso del desmayado cuerpo.

—¡Si me iré a morir aquí! —dijo con angustia bañado en sudor frío—. ¡Oh, Dios mío! ¿Me estará reservada una muerte oscura, en mísera escalera, aquí, olvidado de todo el mundo...? Piedad, Señor...

Sus fuerzas, a causa de la inacción, se extinguían rápidamente. Llegó a no poder mover brazo ni pierna. Entonces dio un ronquido y entregose a su malhadado destino.

«¡Oh, no, Señor! —pensó allá en lo más hondo de su pensar—. No era así como yo quería morir».

Sus sentidos se aletargaron; pero antes de perder el conocimiento, vio un espectro que hacia él avanzaba.

Era un hermoso y brillante espectro que tenía una luz en la mano.

III

Cuando volvió en su acuerdo, el buen anciano se encontró en un lugar que era indudablemente su casa, y que, sin embargo, bien podía no serlo. Llena de confusión su mente, miraba en derredor y decía:

—Indudablemente es mi casa; pero mi casa no es así.