—¿Cómo ha de haber abundancia donde reina con imperio absoluto la desgracia? He caído, señorita doña Sola, a los más profundos abismos de la miseria. Vea usted en mí una imagen del santo patriarca Job. ¡Dios me ha quitado todo, me ha quitado a mi hijo!
—Como ha de ser... Es preciso aceptar con resignación esos golpes y todos los que vengan detrás. Ahora cene usted, que Dios manda a los desgraciados no abandonarse al dolor y dar al cuerpo todo lo que el cuerpo necesita.
—Usted me invita a cenar...
—No invito, sino que obligo —afirmó Sola poniendo en la mesa pan y vino—. Aguarde usted un momento, que no le haré esperar.
Al poco rato volvió con una cazuela de sopas, cuyo gratísimo olor despertó en Sarmiento las más dulces sensaciones y una generosa reconciliación con la vida.
—Debe usted recordar, señorita doña Sola —dijo el preceptor, cuando la joven le ataba las dos puntas de la servilleta detrás del cogote—, que yo fui encarnizado enemigo de su padre de usted, porque jamás he transigido ni podré transigir con las perras ideas absolutistas.
—Lo recuerdo, sí; pero eso no hace al caso.
—Es que mi delicadeza —añadió Sarmiento tomando la cuchara— no me permite aceptar un banquete... Con usted personalmente no hay resentimiento..., pero ¿a qué negarlo? Usted y yo no podemos ser amigos hoy ni nunca... Dígolo para que no se crea que adulo, que me dejo seducir y sobornar por este fino obsequio, que agradezco.
—Cene usted, cene usted... —dijo Solita llenándole el vaso—. La mucha conversación podrá ser perjudicial a su cabeza, que, según me han dicho, no está del todo buena.
—Cenaré, señora, puesto que usted lo toma tan a pechos... Conste que yo no he mendigado esta cena; conste que me han traído aquí por fuerza; que no he solicitado esta amistad; conste, en fin, que no podemos ser amigos.