—Aunque no quiera serlo mío, yo me empeño en serlo de usted y lo he de conseguir —dijo Soledad sonriendo y hablando al viejo en el tono que se emplea con los chiquillos.
—Dale, dale —repuso Sarmiento engullendo a prisa—. Conque amiguitos, ¿eh? ¡Chilindrón!... Usted no tiene memoria, sin duda.
—Verdaderamente no tengo mucha para el daño recibido.
—Su dichosito papaíto de usted y yo éramos como el agua y el fuego... Mi deber era perseguirle, denunciarle, no dejarle respirar... Yo siempre cumplo mi deber, yo soy esclavo de mi deber. Pertenezco a mi patria, y a una idea, ¿me entiende usted?
—Entiendo.
—Con nada transijo. El enemigo de la patria es mi enemigo, y la hija del enemigo de mi patria es mi enemiga. ¿Qué dice usted a eso?
—Que no ha tratado a las sopas como enemigas de la patria.
—No, ciertamente, porque hace mucho tiempo que no las había comido tan buenas.
—Ahora voy por la perdiz.
—¿Perdiz?... Vamos, esto parece un cuento de brujas... Si se empeña usted..., pero conste que yo no he pedido la perdiz; que yo no he mendigado nada, que...