Un momento después Sola partía la perdiz, ofreciéndola pedazo tras pedazo al hambriento anciano.
—Está sabrosísima... Pero con la sorpresa de esta cena había olvidado... ¿Cuándo ha llegado usted, señora doña Solita? ¿Qué tal le ha ido en su viaje?
—He llegado esta mañana. Los de Cordero me hablaron de usted... Dijéronme que estaba usted loco...
—¡Loco yo!
—O poco menos.
—Que andaba usted mal de fondos.
—Eso sí que es como el evangelio.
—Que había perdido usted a su hijo Lucas.
—También, ¡ay!, es verdad.
—Esperé verle a usted y ofrecerle algo de lo poco que yo tengo.